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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 489

El vehículo frenó bruscamente más adelante y de él bajó una mujer alta y hermosa.

La mujer caminó con elegancia hasta Nerea y sonrió con una disculpa en los labios:

—Ay, perdón, no te vi.

La recién llegada era la misma que habían encontrado antes en el hospital, la Gerente General del Grupo Yabka: Sally.

Es decir, Felicia después de la cirugía plástica.

Pero Nerea no lo sabía.

Solo sabía que, en cuanto Sally se acercó, esa sensación de incomodidad volvió a surgir.

No le caía bien Sally.

Podría decirse que detestaba a la mujer que tenía enfrente.

Aunque Sally decía «perdón», en sus ojos sonrientes no había ni una pizca de arrepentimiento.

Nerea frunció el ceño, con expresión fría.

—Pues tu chofer debe estar ciego.

—Sí, por eso pienso despedirlo. —Sally arqueó una ceja con una actitud cínica—. En cuanto a tus zapatos sucios, te pagaré lo que cuesten.

Nerea no quería tener mucho contacto con ella, así que rechazó la oferta fríamente:

—No es necesario, son solo unos zapatos.

Mientras hablaban, Cristian tomó una toalla que le entregó su guardaespaldas.

Luego se subió un poco la pernera del pantalón, se puso en cuclillas, bajó la cabeza y comenzó a limpiar los zapatos de Nerea con la toalla.

—Cristian, ¿qué haces? ¡¿Estás loco?!

Nerea retrocedió asustada, casi tropezando, pero su guardaespaldas Carina la sostuvo.

—Jajajaja... —Sally se echó a reír a un lado.

Cristian le dirigió una mirada tan fría que asustaba.

Sally contuvo la risa y alzó una ceja.

—Señor Vega, no me mire así, o pensaré que le gusto. Sé que soy muy bella.

Cristian frunció el ceño y su voz helada estuvo cargada de advertencia:

—Grupo Yabka, Sally.

Sally levantó la barbilla.

—Esa soy yo. ¿Qué se le ofrece al señor Vega?

—Esto es Puerto San Martín, en Latinoamérica, no San Robledo. Sally, será mejor que guardes tus garras. No me importa si tu chofer es ciego o si fue una orden tuya, no quiero que haya una próxima vez.

—Uy —dijo Sally con tono burlón y sonriente—, el señor Vega quiere jugar al caballero protector. Qué lástima... —Señaló a Nerea con la barbilla—. Parece que esta señorita no lo agradece.

Nerea miró fijamente a Sally, sus ojos oscuros llenos de sospecha.

—¿Nos conocemos?

El hombre que antes se creía intocable ahora se humillaba con tal de acercarse a Nerea.

Solo para limpiarle los zapatos a Nerea.

Pero incluso ante un deseo tan humilde, Nerea no estaba dispuesta a darle una oportunidad.

El cariño que llega tarde no vale nada.

Nerea lo miró con desdén.

—Antes también le limpiabas los zapatos así a Isabel, ¿verdad?

El rostro de Cristian se puso pálido, sin rastro de sangre. Abrió la boca, pero no pudo pronunciar palabra.

No tenía defensa.

Porque, efectivamente, le había limpiado los zapatos a Isabel innumerables veces.

Los ojos de Cristian se enrojecieron lentamente, y parecía haber humedad reprimida en sus pestañas.

El corazón le dolía tanto que no podía respirar.

Las miles de palabras en su mente se convirtieron finalmente en un débil:

—Nere, perdóname.

Nerea lo miró con calma.

—Cristian, admito que la antigua yo fantaseaba y esperaba esto, pero eso fue antes. Ahora ya no quiero nada. Así que, por favor, deja de hacerte ilusiones. Te lo digo por experiencia propia: todo es inútil, no sirve de nada.

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