Debido a la intervención de Cristian, Nerea perdió su racha de siete victorias consecutivas e Isabel ganó la mano.
—Directora Galarza, buena partida —dijo Isabel, imitando el gesto de Nerea al extender la mano, mirándola con una sonrisa.
Nerea colocó las fichas en la mano de Isabel, pero sus ojos estaban fijos en Cristian.
—Señor Vega, ¡qué impresionante!
¡Nerea se atrevía a ignorarla!
Un destello de oscuridad cruzó los ojos de Isabel, pero lo reprimió rápidamente. Guardó las fichas como si nada hubiera pasado y se recargó hacia atrás, apoyándose íntimamente en el brazo de Cristian.
—Nuestro señor Vega nunca ha perdido a las cartas —dijo Isabel con una sonrisa.
Su actitud era una mezcla de presunción y provocación.
En realidad, Nerea no tenía por qué haber perdido esa mano. Liam y Fabián ya habían caído en la trampa antes, pero ella quería cazar a Isabel, así que los dejó pasar a ellos. Si Cristian no hubiera intervenido para guiarla, Nerea habría logrado su objetivo.
—¿Así de bueno es? —El tono y la expresión de Nerea eran tranquilos, pero sus palabras llevaban fuerza—. Yo tampoco he perdido nunca.
Nerea siempre había sido suave, como una brisa de primavera. Cristian nunca la había visto con esa actitud desafiante. Era la primera vez. Un brillo de sorpresa cruzó el fondo de sus ojos mientras la miraba.
Felicia, siempre buscando problemas, puso los ojos en blanco y propuso con malicia:
—Entonces, ¿por qué no compiten? Vamos a ver quién es más chingón, si tú o mi hermano. Gana el que se lleve más dinero hoy. ¿Te atreves?
Felicia tenía total confianza en su hermano. En cuanto Cristian jugara en serio, Nerea estaba destinada a perder. ¡Quería ver cómo se le borraba esa arrogancia!
—Me parece bien —aceptó Nerea sin dudar—. Al final, los demás ganadores tendrán que entregar todas sus ganancias al ganador absoluto.
Eso equivalía a que solo habría un rey de la mesa; el resto, o perdía o había jugado de gratis.
La partida se puso mucho más interesante.
Nerea miró a Cristian.
—¿Le entra, señor Vega?
Cristian tamborileó los dedos distraídamente sobre la mesa y soltó una risa ligera.
—Juguemos, pues.
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