Isabel llevó a Lucía de regreso a la villa.
Lucía despertó lentamente y, al darse cuenta de que tenía las manos y los pies encadenados, comenzó a tirar de ellos con pánico.
El sonido metálico de las cadenas resonaba en la espaciosa mansión.
—Deja de jalar.
La voz de Isabel se escuchó cerca.
Estaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas, elegante y perezosa, sosteniendo un cigarro entre los dedos. El humo desdibujaba la expresión fría y despiadada de su rostro.
Detrás de ella había una fila de guardaespaldas vestidos de negro.
Cada vez se veía más como una jefa de criminales.
—Isa, ¿por qué me encadenas? Soy tu mamá, Isa —dijo Lucía, mirándola con ansiedad y terror.
Isabel la observó con indiferencia, aunque su voz sonaba suave.
—¿No sabes por qué? ¿Cuándo te infectaste y cómo? ¿No te dije que no te acercaras a Pedro? ¿Así es como escuchas lo que te digo?
Lucía intentó explicarse desesperadamente:
—No me acerqué a Pedro, Isa. Siempre tengo presente lo que me dices. Fue Londo, ese escuincle se metió al sótano y me rasguñó. Solo fue un rasguño, pensé que no pasaría nada, de verdad.
—Ah, Londo...
Isabel tomó su celular e hizo una llamada.
—Traigan a los niños y a la anciana. Contrólenlos y tráiganlos aquí.
Los dos niños, asustados por la escena, comenzaron a llorar.
Isabel frunció el ceño, molesta por el ruido, y gritó:
—¡Cállense! Si vuelven a llorar, los mato a golpes y se los echo a los perros.
Los niños, aterrorizados, se taparon la boca con fuerza y se encogieron en un rincón, mirando a Isabel con ojos llenos de lágrimas y miedo.
Clara, viendo a Lucía encadenada en la sala, se acercó temblando.

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