Hablando de eso, Kevin estaba que echaba chispas.
—No soy tan frágil —se quejó.
Pero cuando quiso intervenir, se dio cuenta de que no había lugar para él.
Nerea peleaba como una fiera: sus golpes eran rápidos, duros y precisos.
El tal Gutiérrez, ese bueno para nada, no aguantó ni dos rounds. Era puro ruido y pocas nueces; eso sí, tenía una boca muy sucia para insultar.
No era raro que Nerea se fuera con todo: en nada le dejó la cara hecha un desastre.
Leonardo no se quedó mucho tiempo; había pedido un permiso especial para salir. Al ver que Nerea estaba bien, le dio un par de instrucciones a Kevin y regresó a la base militar.
Esa misma noche, toda la alta sociedad de Puerto Rosales ya sabía el chisme: Nerea era la pareja de Leonardo.
Y no solo eso, sino que con esa mujer no se jugaba; tenía palancas muy fuertes. Aunque nadie sabía con exactitud quiénes eran sus protectores, el hecho era evidente: le había dado una paliza al tercer hijo de los Gutiérrez y, en lugar de meterse en problemas, fue el tal Gutiérrez quien tuvo que pedirle perdón.
Dos días después, se celebró el Congreso de Pioneros de la Industria.
Nerea asistió en representación de OmniGen. Para su sorpresa, su asiento estaba justo al lado del de Cristian.
Frunció el ceño, sin entender cómo el personal había organizado la logística. Sus empresas no eran del mismo giro, no tenía sentido que los sentaran juntos. Además, aunque OmniGen crecía con fuerza, su tamaño ni se comparaba con un gigante como Grupo Vega.
Lo que ella no sabía era que Cristian había llegado temprano y había cambiado las tarjetas de los lugares.
Cristian asintió levemente a modo de saludo.
—Directora Galarza.
Nerea se sentó con frialdad, ignorándolo por completo.
La reunión comenzó pronto. Cristian habló primero como representante de las empresas líderes, compartiendo experiencias y hablando sobre el futuro del sector. Luego fue el turno de las empresas emergentes, y Nerea subió al estrado.
Llevaba un traje sastre impecable, una coleta baja y un maquillaje discreto. En el escenario se veía segura y tranquila, hablando con fluidez. Sus puntos de vista eran únicos y novedosos, sus ideas interesantes y su tono ligero y con un toque de humor que atrapaba la atención de todos.
En ese momento, irradiaba una elegancia y una inteligencia cautivadoras.
Casi todos escuchaban con atención, asintiendo y tomando notas. Cristian, por su parte, la miraba embelesado. El deseo de recuperarla, de tenerla de nuevo, se volvió cada vez más intenso, llegando a un punto casi incontrolable.
Durante la cena posterior, Sebastián Gutiérrez, el hermano mayor, se acercó a brindar con Nerea.
—Directora Galarza, esta copa es para darle la bienvenida a Puerto Rosales.
Nerea no podía ser grosera ante una cara sonriente, así que levantó su copa.
—Muchas gracias, señor Gutiérrez.

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