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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 130

Nerea sabía contar cartas, tenía una vista afilada y una mentalidad de acero. El magnate de los casinos quiso tomarla como discípula y la llevó personalmente a los salones VIP más lujosos de Las Vegas durante varios días. Le enseñó con fuego real. Así que, apostando, no le temblaba la mano.

Además, el juego requiere rivales dignos; aplastar a novatos es aburrido. Cristian, aunque fuera un patán en lo personal, tenía un cerebro privilegiado y sabía jugar.

Comenzó una nueva ronda. Nerea jugueteaba con una ficha en una mano, aparentemente distraída, pero su mente trabajaba a toda velocidad. No solo calculaba las probabilidades de las tres partes, sino que anticipaba sus movimientos: qué era un farol, qué era una trampa, quién era el gato y quién el ratón. La verdad estaba oculta bajo capas de engaños.

Se notaba que Cristian también se estaba divirtiendo; su mirada y su aura eran muy distintas a las de antes. Cuando estaba sentado junto a Isabel, parecía que solo acompañaba a su novia a pasar el rato, revisando el celular y sin importarle ganar o perder. Pero ahora que Isabel le había cedido el asiento, esa indiferencia se transformó en un brillo oscuro y calculador.

Isabel lo sabía: le habían picado el orgullo.

Con el corazón encogido, Isabel miró disimuladamente a Nerea, sentada enfrente. Habían pasado horas, pero la postura de Nerea seguía siendo impecable, con la espalda recta. El cuello alto de su vestido dejaba ver un tramo de piel blanca como la porcelana. Bajo la luz, la seda brillaba como nácar, delineando su figura y emanando una sensualidad clásica y elegante sin pretenderlo.

Isabel apretó los dientes. Ella misma era hermosa; sus rasgos tenían esa belleza impactante que intimidaba. Su cuerpo no tenía nada que envidiarle al de Nerea, y su vestido de diseñador costaba millones. Sin embargo, sentía la amarga ilusión de ser inferior, de estar siendo eclipsada.

¡No debería ser así! Ella debía ser el centro de atención. Antes de conocer a Nerea, ¡Isabel nunca había perdido!

A las tres de la mañana, Fabián tiró las cartas con cara de pocos amigos.

—Ya estuvo. No juego más, qué hueva. —Era el único que estaba perdiendo.

Fabián había jugado toda la noche para ser el *pichón*. Daba igual si faroleaba o si jugaba seguro; o lo cazaba Nerea, o lo cazaba Cristian... Sus victorias se contaban con los dedos de una mano.

Cristian, por el contrario, parecía haberse quedado con ganas de más. En la mesa de juego rara vez se divertía: o los rivales eran muy débiles, como Fabián, o le tenían miedo a su estatus y le regalaban fichas. Aburridísimo. Miró a Nerea.

—¿Qué dices?

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