Poco después, llegaron los médicos del hospital psiquiátrico.
El que lideraba el grupo era el mismo especialista que había diagnosticado a Lucía anteriormente. Al verlo, Lucía se quedó helada.
Había estado internada allí y sabía que ese lugar no era para humanos. Incluso si entrabas sano, te volvían loco con sus torturas. No podía volver.
Con el rostro desencajado por el terror, Lucía empezó a retroceder, gritando:
—¡No se acerquen! ¡No estoy loca! ¡No tengo nada!
El médico interno del Hospital General le dijo con tono serio:
—Señora Olivares, usted ha estado insistiendo a gritos en que está enferma y exigiendo que le encontremos algo, pero sus exámenes físicos están perfectos. Por lo tanto, deduzco que su padecimiento es mental. Por eso contacté a los especialistas. Ellos la llevarán para hacerle un chequeo detallado y sistemático. ¡Quédese tranquila!
Al terminar, El interno le dedicó una sonrisa de «todo va a estar bien» que se sintió como una puñalada.
Lucía comenzó a chillar:
—¡No! ¡No estoy enferma! ¡No soy una loca! ¡Maldito matasanos!
El psiquiatra revisó el expediente y comentó:
—Lucía Olivares. Historial previo de trastornos mentales. Fue dada de alta tras meses de tratamiento. Lo más probable es que haya tenido una recaída.
Los pacientes y familiares que rodeaban la escena asintieron, comprendiendo la situación.
—Con razón, ya decía yo que se veía rara, toda neurótica. Resulta que está loca, eso explica todo.
—Sí, el médico le dijo que estaba sana y ella aferrada a que estaba enferma. Eso es de locos.
—Vaya, al final solo era una desquiciada.
Al escuchar los murmullos, Lucía rugió con una expresión grotesca:
—¡Cierren la boca todos! ¡No saben ni madres! ¡No estoy loca! ¡No voy a regresar al psiquiátrico! ¡Son ellos los que no saben curar, son unos corruptos, se están confabulando para perjudicarme! ¡Soy inocente, no estoy enferma!

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