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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 413

Al terminar la cena, Nerea parecía sobria por fuera y hablaba con claridad, pero en realidad estaba borracha y caminaba inestable. Cristian, temiendo que le pasara algo, se mantuvo cerca, cuidándola.

Como todos habían bebido, la gente se animó a soltar comentarios indiscretos.

—Quién diría que el señor Vega y la directora Galarza se llevarían tan bien después del divorcio.

—Se nota que el señor Vega todavía siente algo por ella, ¿no?

—¿Será que pronto nos invitan a la boda de la reconciliación?

Nerea, que ya estaba harta de Cristian, se irritó aún más con los comentarios. Con el alcohol nublándole el juicio, no le importó el lugar y señaló a Cristian para gritarle:

—Cristian, ¿acaso no entiendes español? Te dije que me caes mal. ¿Por qué sigues aquí haciéndote el presente? Que si el té, que si el pescado... ¿Qué quieres? ¿No tienes dignidad? ¿No te da pena? ¿Eres masoquista o qué? ¿Cuántas veces tengo que decirlo? ¡Me das asco, deja de seguirme! ¡Lárgate! Si me sigues una vez más, llamo a la policía. ¡Voy a hacer que te encierren!

Se hizo un silencio sepulcral entre los presentes.

Nerea, tras gritarle a Cristian, se volvió hacia la multitud.

—Y ustedes, cierren la boca. No digan tonterías. ¿Volver con él? ¡Por favor! Más vale sola que mal acompañada, y menos con un infiel sin escrúpulos. Hay un montón de hombres buenos en el mundo; la fila para salir conmigo es larguísima. Así que no vuelvan a hablar de reconciliación. Si los vuelvo a oír, me voy a enojar de verdad. ¡Y si me enojo, los voy a tumbar a todos bebiendo!

Los invitados se quedaron mudos.

Nerea dio media vuelta y se fue. La gente miraba de reojo a Cristian. Tenía la cara más negra que el carbón y una mirada tan sombría que parecía capaz de matar a alguien.

—Jaja, ¿alguien dijo algo?

—No, yo no oí nada. ¿Ustedes oyeron?

Todos negaron con la cabeza, haciéndose los locos.

Cristian apartó la vista de ellos y miró hacia Nerea. Al ver que se tambaleaba, dudó dos segundos y volvió a seguirla. La gente se quedó atónita. ¿Lo habían humillado así y seguía detrás de ella? Si tanto la quería, ¿por qué no la cuidó antes? Los hombres son así: no saben lo que tienen hasta que lo pierden.

—Cuidado. —Cristian la sostuvo del brazo.

—¡Suéltame!

Nerea se soltó bruscamente. Aunque caminaba mal, avanzaba rápido, como si quisiera poner kilómetros de distancia entre ellos.

Cristian, dolido pero preocupado, la siguió a paso veloz. De repente, Nerea se detuvo, agarró un cuchillo de mesa de una bandeja cercana y lo apuntó hacia él.

Cristian iba tan cerca que la punta del cuchillo tocó su pecho, rasgando la camisa y pinchando la piel. Una mancha roja comenzó a teñir la tela blanca.

La mirada de Nerea era fría como el hielo.

—Te dije que no me siguieras.

—Solo me preocupo por ti.

Nerea estalló, casi al borde del colapso:

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