El mesero posó su mirada en Cristian.
Fabián sintió una oleada de alegría y golpeó la mesa con entusiasmo.
—¡Sabía que Cris ganaría!
Pero un segundo después, el mesero dirigió la vista hacia Nerea.
—Felicidades, señora Galarza.
Fabián, Felicia y los demás cambiaron de expresión al instante.
Isabel se sintió fatal; ni siquiera quería aceptarlo. ¿Nerea había ganado?
—La señora Galarza ganó noventa millones, el señor Vega ochenta millones, el señor Santillán veinte millones, y usted, señor Álvarez, perdió ciento noventa millones.
La voz del mesero anunciando los resultados resonaba en sus oídos.
Isabel no tuvo más remedio que creerlo.
Después de aquella vez que Nerea arregló el código en treinta minutos, volvía a robarse el protagonismo frente a Cristian.
Aunque Isabel no temía que Cristian dejara de quererla, en el fondo le molestaba. Miró a Cristian.
Él observaba a Nerea, sentada enfrente, sin mostrar mucha emoción. En realidad, a Cristian no le sorprendía el resultado; ya lo había calculado. Antes de que él se uniera a la mesa, Nerea había arrasado, ganándole más de diez millones solo a Fabián.
Tuvo que admitir que Nerea tenía un talento de primera para las cartas. Era una oponente digna, a su nivel. En los ojos de Cristian apareció un destello de admiración. Tomó su copa y la alzó hacia Nerea.
—Felicidades.
Nerea alzó su vaso de agua en respuesta.
—Gracias.
Aunque no había amor entre ellos, esa conexión de respeto mutuo entre rivales resultaba igual de irritante para los demás.
Isabel apretó los puños disimuladamente. ¡Los ojos de Cristian solo debían mirarla a ella, no a Nerea!
Nerea miró a Fabián y golpeó la mesa con los dedos, con un gesto experto.
—La cuenta, por favor.
No es que Fabián no tuviera dinero, pero le reventaba dárselo a Nerea. Sin embargo, nadie lo mandó a jugar peor que ella.
Nerea recibió la transferencia de Fabián y le pasó noventa y cinco millones a Martina.
Martina, que no había hecho nada, se negó y quiso devolvérselo.
Nerea no insistió mucho, solo dijo:
—Está bien, pero la próxima vez que me invites a salir, no vendré.
Martina se apresuró a decir:
—¡No, no! ¡Me lo quedo! Gracias, Nere.
—¡Ah! —bramó él de nuevo; el dolor en la nariz fue como si se la hubieran roto.
Ignorando el mareo, Nerea aprovechó que el hombre aflojó el agarre para empujarlo y rodar fuera de la cama.
Al caer al suelo notó que algo andaba mal. Le fallaban las fuerzas y sentía un fuego extraño recorriéndole el cuerpo. Con lo que sabe hacer, ese tipo no debería haberla sometido tan fácil. ¡La habían drogado!
Sin tiempo para pensar, Nerea se mordió la punta de la lengua con fuerza. El sabor metálico de la sangre y el dolor la despejaron un poco, devolviéndole algo de energía.
Corrió tambaleándose hacia la puerta.
—¡Mierda! —bramó el hombre al ver que escapaba y fue tras ella.
Pero no esperaba que Nerea contraatacara.
Un palo de golf se estrelló contra el hombre, que no pudo esquivarlo y gritó mientras sentía el ardor del golpe en la cara.
Nerea no le dio tregua. Aprovechó la oportunidad y golpeó una y otra vez sin dejarlo respirar.
—¡Ahhhh! —Los gritos del hombre resonaron en la habitación, escuchándose incluso en la de al lado.
Nerea no se atrevía a parar; cuanto más gritaba él, más fuerte y rápido golpeaba ella. Hasta que el hombre, cubierto de sangre y agonizante en el suelo, ya no pudo levantarse.
Solo entonces Nerea se detuvo, retrocedió y se apoyó en la pared, jadeando. Después de unos segundos, abrió la puerta con cautela, aún aferrando el palo de golf ensangrentado.
Por suerte, el pasillo estaba despejado. Pensó en buscar a Martina, pero al ver la sangre en el palo, cambió de rumbo y llamó a la puerta de Liam.

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