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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 336

El chófer pisó el acelerador y se alejó de la residencia de la familia Echeverría.

Isabel, presa del pánico, sacó su celular para marcarle a Cristian.

Pero la llamada no entraba; Cristian la había bloqueado. La había eliminado de todas las redes sociales y plataformas de mensajería. Y no solo él: Fabián, Liam y los demás también la habían bloqueado.

Cristian hablaba en serio. Quería cortar todo lazo con ella.

El celular se le resbaló de las manos y cayó al suelo con un golpe seco.

Isabel soltó una risa amarga, se tambaleó y se desmayó otra vez.

Cuando despertó y vio las cajas apiladas en la habitación, enloqueció. Comenzó a desgarrar la ropa de las cajas, tijereteó los bolsos de marca, destrozó los zapatos y arrojó las joyas por todo el suelo.

—¡Ahhhhh! —gritaba Isabel como una desquiciada dentro de la habitación.

—¡Nerea! ¡Ojalá te mueras de la peor forma!

Isabel tijereteaba frenéticamente un vestido de alta costura, como si la prenda en sus manos fuera la propia Nerea.

***

Isabel no estaba dispuesta a rendirse. Al día siguiente, arrastrando su cuerpo enfermo, fue a Grupo Vega.

Pero ni siquiera logró cruzar la puerta principal; los guardias de seguridad la interceptaron.

—¿Qué hacen? ¡Quítense! —les gritó Isabel—. Vengo a hablar de negocios con el señor Vega.

El guardia permaneció inmóvil frente a ella, como un muro de concreto, y respondió con tono profesional:

—Tenemos órdenes de arriba. La directora Echeverría tiene prohibido el paso.

Isabel chilló:

—¡Imposible! ¡Soy la prometida de su señor Vega!

El guardia, un hombre alto, la miró de reojo.

—Esas son las instrucciones. Si dice ser la prometida, pregúnteselo usted misma al señor Vega. En cuanto él dé la orden, la dejaremos entrar.

Isabel se quedó bloqueada fuera de la empresa.

Muchos empleados de Grupo Vega que pasaban por ahí volteaban a verla; varios habían sido sus subordinados en el pasado. Pero las cosas habían cambiado drásticamente. Las miradas ya no eran de respeto ni amabilidad.

Ahora, Isabel era como una plaga; todos la despreciaban y sentían repulsión. Al verla, no podían evitar soltar algún comentario mordaz.

—Qué vergüenza, la pararon los guardias.

—Hay que reconocer que esa amante tiene la sangre fría. Después de todo lo que le han dicho, todavía se atreve a salir.

—El señor Vega la botó. Seguro viene a intentar recuperarlo, al fin y al cabo su empresa depende totalmente de Grupo Vega.

—Bajen la voz, no vaya a ser que los escuche. Si algún día logra contentar al señor Vega, olvídense de trabajar aquí.

—Que escuche si quiere. Si tiene el descaro de ser la amante, que aguante las críticas. Me da asco, es una inmoral, una basura. Si quiere, que le diga al señor Vega que me despida.

El rostro de Isabel cambiaba de color, del rojo al pálido. Con los ojos inyectados en sangre, apretó los puños con fuerza.

Capítulo 336 1

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