Pasaron unos tres minutos después de que Cristian se desmayara.
—Clac.
La puerta del baño se abrió e Isabel salió.
Al ver al hombre tirado en el suelo, Isabel se acercó y tiró el difusor de aromaterapia.
Pero cuando se dio la vuelta, el hombre que acababa de estar inconsciente abrió los ojos y se sentó.
—Tú...
Isabel retrocedió dos pasos, temblando como un animalito asustado, con el pánico reflejado en los ojos.
La mirada de Cristian era la de alguien que observa a un cadáver. Pronunció cada palabra con lentitud y frialdad:
—Isabel, estás podrida por dentro. ¡Cómo te atreves a drogarme!
—Yo no fui. Cris, es solo que te amo demasiado. —Isabel se mordió el labio y, decidida a todo, se abalanzó sobre él.
—¡Lárgate!
Cristian había inhalado el aroma durante demasiado tiempo; sentía el cuerpo blando y afiebrado. Afortunadamente, en cuanto notó que algo andaba mal, contuvo la respiración.
Usó todas sus fuerzas para empujar a Isabel y se levantó para abrir la puerta de la habitación.
Isabel, que acababa de ser operada y aún no se recuperaba, vio las estrellas del dolor tras el empujón.
Para cuando recobró el aliento, Cristian ya había abierto la puerta.
Él se detuvo en el umbral, mirándola como un demonio salido del infierno. Sus ojos eran más oscuros que la noche misma, de una profundidad aterradora.
Parecía dispuesto a matar.
Isabel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Cris...
Cristian no dijo nada. Se dio la media vuelta y salió a zancadas en busca del director del hospital.
El director, al enterarse de la situación de Cristian, no tenía una solución inmediata.
Actualmente, no existía un antídoto específico en medicina para esa clase de afrodisíacos.
Si hubiera sido ingerido, se podría beber mucha agua tibia o inducir el vómito para aliviar los síntomas. Pero al ser inhalado, el director se encontraba atado de manos; solo podía probar con sedantes, aunque eso sería muy dañino para el cuerpo.
Cristian solicitó una habitación de lujo.
El afrodisíaco preparado por las mujeres de la familia Echeverría era agresivo y de efecto potente.
No solo eso, sino que también contenía algún tipo de relajante muscular que dejaba el cuerpo débil, impidiendo cualquier resistencia.
Ya no tenía fuerzas para salir del hospital.
Y pensándolo bien, si algo sucedía, era más conveniente estar ahí para recibir atención médica.
Con el rostro sombrío y el cuerpo tenso, Cristian se dirigió al área de hospitalización haciendo gala de un autocontrol extremo.
Lo que no esperaba era encontrarse con Nerea en la zona VIP.
Recordando que Nerea había salvado a Liam con acupuntura cuando lo drogaron, Cristian sintió que veía a su salvación y caminó rápidamente hacia ella.
Agarró a Nerea por la muñeca.
—Nerea, ayúdame.
El tirón fue tan fuerte y repentino que Nerea, tomada por sorpresa, chocó contra el cuerpo de Cristian.
La expresión de Cristian cambió y su cuerpo se puso rígido al instante.
Estaban demasiado cerca. El suave perfume de Nerea se coló en la nariz de Cristian, provocando sus nervios.
La nuez de Adán de Cristian se movió; estuvo a punto de perder el control.
—¡Ay, suéltame! —se quejó Nerea, lastimada por el agarre de Cristian, que se apretaba cada vez más.
Cristian la soltó rápidamente y retrocedió dos pasos para mantener la distancia.
Cristian, con la respiración agitada y ardiente, asintió.
—Soy un patán. Ponme las agujas.
—¡Ni lo sueñes!
—¡Nerea!
Nerea comenzó a mover las muñecas, como si se preparara para una pelea.
Cristian sabía lo que estaba pensando.
—Te aconsejo que no lo intentes. Son exmilitares. Uno vale por diez. No vas a ganar; te van a golpear y te van a tirar aquí dentro de todos modos.
Los guardaespaldas de Cristian no eran tipos cualquiera.
Nerea se había dado cuenta desde el principio de que eran expertos, de lo contrario no se habría dejado «traer» tan fácilmente.
Viendo a Cristian a punto de explotar, si se ponía agresivo, era muy probable que ordenara que la ataran de verdad.
Nerea no se atrevía a apostar por su conciencia.
Los patanes no tienen conciencia.
—¿Seguro que quieres que te ponga las agujas?
Cristian asintió.
—Entonces firma una responsiva. Si por accidente te dejo hemipléjico, impotente, paralítico, te da un derrame o te quedas tonto, no quiero que me hagas responsable.
—Entonces prepárate para cuidarme el resto de mi vida.
El director, que los acompañaba, le pidió a la enfermera que le pasara a Nerea las agujas de plata esterilizadas.
Nerea tomó las agujas y se acercó a la bañera.
En el momento en que se acercó, ese aroma sutil lo golpeó de nuevo, casi haciéndole perder la razón y las defensas.

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