Diego fulminó a Nerea con la mirada:
—¡Nerea! ¡No te pases de la raya! ¡No creas que te tengo miedo!
—Diego, ¿a quién crees que le gritas? —Leonardo caminó a grandes zancadas hasta ponerse al lado de Nerea, mirando a la pareja con ojos afilados y sombríos.
Isabel se secó una lágrima del rabillo del ojo.
—Con razón eres tan arrogante, resulta que ya encontraste un hombre que te respalde.
Diego, como perro fiel, intervino de inmediato:
—Isa, tú también tienes a alguien que te respalde. No tengas miedo.
—Gracias, Diego —dijo Isabel con timidez fingida y una mirada cargada de afecto.
Rocío, con los brazos cruzados, chasqueó la lengua maravillada ante el espectáculo:
—Isabel, ¿así le hablabas también a mi hermano antes?
Diego, que estaba disfrutando el momento de héroe, sintió como si le echaran un balde de agua fría con las palabras de Rocío. Toda esa atmósfera romántica se hizo pedazos.
La mirada de Isabel se le endureció y apretó los dientes con tanta fuerza que casi se los rompe. Temblaba como si estuviera a punto de desmayarse, haciéndose la víctima frágil y sufrida.
Se mordió el labio y dijo con voz suave y débil:
—Rocío, no seas abusiva. Todavía no te he cobrado la golpiza que me diste. Esto no se ha acabado.
—¡Uy, qué miedo! ¡Cristian es el hombre más rico de Puerto San Martín!
Rocío usaba a su hermano como escudo para todo. Si se llevaban bien o mal era otro tema; tener un hermano poderoso era para usarse, y más si ese hermano era Cristian Vega.
Rocío arqueó una ceja y continuó:
—Además, lo de que drogaste a mi hermano tampoco se ha acabado. ¡Espera la demanda de los abogados del Grupo Vega, te vas a pudrir en la cárcel!
Rocío y Nerea estaban en sintonía: no perdían oportunidad de exponer las bajezas de Isabel frente a Diego para que se le cayera la venda de los ojos y ella perdiera su respaldo.
Tal como esperaban, Diego preguntó:
—¿Qué es eso de que lo drogó?
—¿Ah, no sabías? Hoy le echó un afrodisiaco a Cristian en el hospital. Quería forzarlo para que la perdonara. Por suerte, Cristian se controló y no la dejó salirse con la suya.
La expresión de Diego cambió al escuchar eso.
Él no podía presumir de una voluntad de acero, pero tenía autocontrol. Sin embargo, hoy, cuando fue a visitar a Isabel al hospital, no pudo controlar ni su cerebro ni sus impulsos. Sabía que estaban en un hospital, sabía que ella acababa de operarse... Pero al ver su rostro pálido, sus labios rojos y sus ojos llorosos, lo hizo. Y no solo una vez...
—¡Estás mal de la cabeza! —Rocío seguía furiosa, murmurando maldiciones—. ¡Ese tipo tiene un problema mental grave! Con razón le gustan las amantes, está igual que mi hermano: enfermo, desahuciado, merece que lo engañen. Ojalá lo dejen en la calle y le arruinen la vida.
Al terminar de desahogarse, miró a Leonardo.
—Señor Rojas, tiene que cuidar bien a mi hermana. ¿Vio cómo la miró Diego al irse? Se le notaba el rencor.
Leonardo asintió, también lo había notado.
—Voy a asignarle unos guardaespaldas. Son excompañeros míos de equipo. Recuerda llevarlos contigo a donde vayas.
Nerea no se negó. Antes le parecía exagerado, pero después de lo de hoy, veía que era necesario. Si hubiera tenido seguridad, Cristian no la habría amenazado con las agujas ni Diego habría intentado golpearla.
—No le digas nada a mis papás sobre mi cara.
Leonardo asintió, preocupado.
—¿Te quedará cicatriz?
—No es grave, tengo ungüento para cicatrices en casa.
Rocío regresó a la habitación de Cristian y le contó con lujo de detalles y mucha exageración la aventura de Isabel y Diego. Le echó sal a la herida para asquearlo aún más. Luego se hizo la víctima, contándole las amenazas de Diego para que Cristian garantizara su seguridad.
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