En el hospital.
Isabel despertó. Al ver a Diego, giró la cabeza hacia la ventana.
—Diego, vete. Me lo merezco, no soy digna de ti. Olvidémonos de esto, te debo una disculpa.
—Isa, no digas tonterías. Tranquila, no creo ni una palabra de lo que dijeron. No me iré, te amo.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Isabel.
—Diego, Cristian me decía lo mismo antes. Decía que me amaba, que no podía olvidarme, que se divorciaría para casarse conmigo. Fui una ingenua, me creí sus palabras dulces y me lancé sin pensarlo a estar con él. ¿Y ahora? Se cansó de mí, ya no me ama, me desecha como basura, me calumnia y me destruye. Tengo miedo, Diego. Miedo de que un día tú también me desprecies. No podría soportarlo, prefiero que nos separemos ahora. Déjame un poco de dignidad.
—Isa, eso no pasará. Yo no soy un patán como Cristian, que coquetea con su exmujer mientras mientras a ti te dice puro cuento. No estoy casado ni tengo prometida. Isa, tú eres mi única mujer. En el cumpleaños de mi madre te llevaré a casa para presentarte formalmente.
—¿De verdad? —Isabel miró a Diego con sorpresa y alegría.
Diego asintió.
Al segundo siguiente, la mirada de Isabel se apagó de nuevo.
—Mi reputación está arruinada por los bots que contrató Nerea en internet. ¿Tu familia no se opondrá?
—Cuando regresé para heredar el negocio familiar, me prometieron que yo decidiría mi matrimonio y que ellos no interferirían. Así que no te preocupes. Yo te protegeré.
***
Días después, en un club privado.
En un reservado con luz tenue, Cristian estaba sentado en un sofá de cuero con las piernas cruzadas. Sostenía un cigarrillo entre sus largos dedos y, entre el humo, su rostro frío lucía imponente. Detrás de él había dos guardaespaldas de negro.
En la alfombra frente a él, yacía una mujer. Se movió un poco y, tras un momento, se apoyó en una mano para incorporarse. Era Isabel. La habían traído inconsciente.
Al ver a Cristian, se encogió de miedo y susurró con voz temblorosa:
—Cris...
Cristian la miró de reojo, levantó levemente la punta del pie y señaló un vaso en la mesa.
—Bébelo.
Isabel miró el líquido turbio; seguro tenía algo.
Sacudió la cabeza y retrocedió arrastrándose.
—Cris, estuve contigo tantos años, te amé tanto tiempo... No podía aceptar que me dejaras, solo te amo demasiado, no fue mi intención, Cris.
—Bébelo. No lo repetiré.
Isabel lloró reclamando:
—Cris, aunque ya no me ames, no me humilles así. Después de todo, fui tu mujer.
Cristian frunció el ceño, sintiendo náuseas. Su mirada se oscureció aún más.
—Ayúdenla.
Los guardaespaldas obedecieron al instante.

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