Tras enviar el mensaje, salió del edificio y encendió un cigarrillo con rabia.
No fue hasta que Yago le confirmó que Leonardo no estaba en la ciudad, que apagó la colilla, dio media vuelta y subió a la sala de juntas.
La reunión duró varias horas.
En un descanso, Nerea fue a lavarse las manos.
Cristian se acercó y se recargó en la pared cercana. —¿Qué te pasó en la boca?
Nerea miró sus labios en el espejo: estaban hinchados y con una pequeña herida. Reaccionó y soltó una risa burlona.
—Me mordió mi novio.
—Leonardo no está en Valparaíso.
La mirada de Nerea cambió al instante y volteó a verlo. —Me investigas.
Cristian tuvo el descaro de decir: —Puedes tomarlo como preocupación.
Nerea sintió que no debía darle importancia; ¿para qué hablar con un loco que no entiende razones?
Tiró el papel de secarse las manos y se marchó.
Al final, Cristian no supo qué le pasó en los labios. En realidad, Nerea se había mordido ella misma por accidente.
Simón quiso invitar a todos a cenar, pero al saber que Cristian iría, Nerea inventó una excusa para no asistir.
Simón no insistió, ya que Nerea iría a su casa al día siguiente para atender a su esposa, así que tendrían oportunidad de comer juntos.
Sin embargo, al día siguiente, cuando Nerea llegó a la mansión de los Alcántara, se encontró de nuevo con Cristian.
Cristian y Simón salían del despacho.
Si Rocío no le hubiera contado las intenciones de Cristian, habría creído que era una visita de negocios.
Tras la sesión de acupuntura con la señora Alcántara, sirvieron té y bocadillos en el jardín.
Nerea ya había rechazado a Simón una vez; no aceptar ni un té sería grosero. Cristian se sentó a su lado, pero Nerea se levantó de inmediato y se sentó junto a la señora Alcántara, charlando animadamente con ella.
Simón, notando las intenciones de Cristian, lo miró con cierta lástima. —Señor Vega, tome té.
Cristian asintió, pero no le quitaba la vista de encima a Nerea.
El clima en Valparaíso era una eterna primavera. Aunque era otoño, el jardín estaba lleno de flores. Nerea estaba sentada bajo las flores, y una rosa pálida rozaba suavemente su cabello.
En ese momento, Nerea lucía más hermosa que las flores.
Durante el almuerzo, Cristian se inclinó hacia Nerea y susurró: —Ya puedo comer picante.
Nerea seguía comiendo bocados pequeños sin mirarlo. —¿Y eso qué?
—Ya como cilantro, cebolla y todo lo que a ti te gusta.
—¿Y eso qué prueba? —dijo ella con tono indiferente.
—Que te amo.
—Ah. —Nerea levantó la vista y le dedicó una leve sonrisa—. Yo no te amo.
El corazón de Cristian comenzó a doler de nuevo, un dolor punzante que se extendía por todo su cuerpo.
Ser despreciado por quien amas era una tortura insoportable.
Cristian apretó los cubiertos con fuerza.
En momentos así, le daban ganas de mandar todo al carajo, llevársela lejos, encerrarse con ella y hacer como si nada de lo anterior hubiera pasado.
Así ella le pertenecería solo a él para siempre.
Al despedirse de los Alcántara, Nerea subió al auto de los Zamora.
El coche de Cristian la seguía a una distancia prudente.

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