Esmeralda ya estaba cumpliendo condena. Saldría en un año, pero ahora la esperaba un nuevo juicio y una sentencia mucho más larga.
Además del asunto de Rocío y la abuela Ivana, Felicia confesó lo de Francisca. La habían matado inyectándole veneno con ayuda de un enfermero. A cambio, Isabel había engañado al hijo del enfermero para volverlo adicto a sustancias ilícitas, destruyendo a toda su familia. Detrás de cada tragedia estaban las sombras de Felicia e Isabel.
Al salir de la Fiscalía, Nerea se dirigió al laboratorio.
Ulises estaba allí.
—Acaba de dormirse —susurró Rodrigo—. Tuve que obligarlo; en cuanto tocó la almohada cayó rendido.
Nerea se sentó al borde de la cama, mirándolo con ternura.
—Está muy flaco.
—Es igualito a ti. En cuanto entra en modo trabajo, quiere superar a todos. Es un adicto a la chamba siendo tan niño, no quiero imaginarme cuando crezca —dijo Rodrigo, mirando al pequeño con cariño y preocupación.
Nerea le acomodó la cobija y le dio un beso en la frente.
—Mamá…
Nerea se congeló, pensando que lo había despertado, pero Ulises solo hablaba en sueños.
Rodrigo se emocionó.
—Hasta dormido te llama. Ha estado muy preocupado por ti. Se esfuerza tanto para ayudarte.
Nerea sintió que se le humedecían los ojos.
—Lo sé.
Salieron de puntitas a la oficina de Nerea. Ella revisó los registros y datos del experimento de Ulises. Sonrió con orgullo.
—Ya es todo un científico.
—¡Pues claro! —presumió Rodrigo—. Yo le enseñé. Es un genio, aprende a la primera. Trabajar con él es una maravilla.
—¿En qué etapa va el experimento?
—Estamos atorados en…
Se pusieron a discutir detalles técnicos. Luego, Rodrigo insistió en que Nerea se hiciera un chequeo general.
Ulises comía con desesperación, como si no hubiera probado alimento en días.
—Oye, tranquilo, nadie te lo va a quitar —le dijo Rodrigo, sorprendido.
Ulises asintió, pero no era solo hambre. Era que hacía mucho tiempo que no probaba la sazón de su mamá. Extrañaba ese sabor. Había llegado a pensar que nunca volvería a comerlo.
Con los ojos llorosos, Ulises prometió:
—Mamá, voy a encontrar la cura.
Nerea le apretó suavemente la mejilla.
—Lo sé, mi amor. Confío en ti. Come, y cuando termines te corto el cabello. Ya no te deja ver bien esos ojos bonitos.
—Sí, gracias mamá.
De pequeño, Nerea siempre le cortaba el pelo. Pensó que nunca volvería a hacerlo, pero la vida le daba otra oportunidad.
Mientras le cortaba el cabello a su hijo, Nerea recibió un llamado de los altos mandos. Ya habían decidido cuál sería el "regalo" de respuesta para Estados Unidos.

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