Isabel se cubría la herida del abdomen que no dejaba de sangrar, mirando a Nerea con odio y el rostro desencajado.
—¿Qué tanto miras? ¿No te parece justo? —Rocío le devolvió la mirada feroz, con las manos en la cintura.
En realidad, tenía ganas de darle una patada.
Preferiblemente una patada letal.
¿Para qué dejar viva a esta cosa asquerosa?
Solo para estorbar.
Isabel dirigió su mirada sombría hacia Rocío.
—Perra faldera.
Rocío puso cara de altivez y asco.
—Mejor ser perra faldera que una perra rabiosa como tú. Eres la escoria de la escoria, basura entre la basura. El gobierno debería fusilarte directamente. ¿Para qué mantener a basura como tú? Solo desperdicias comida y contaminas el aire.
Al oír esto, Isabel se rio con descaro.
—En este país ya no hay pena de muerte. Rocío, sigue soñando, no me voy a morir. Si me enfermo, la prisión me buscará un médico. Si tengo hambre, me darán de comer a mis horas. Viviré ahí adentro cómoda y tranquila.
Rocío apretó los dientes de la rabia y extendió la mano hacia Nerea.
—Mana, dame la pistola, voy a matarla yo misma para vengar a mi madre.
—Es cierto que quitaron la pena de muerte, pero mataste a policías —dijo Nerea mirando fríamente a Isabel—. Metiéndote con la autoridad te estás cavando tu propia tumba, y ellos se van a encargar de que lo pagues.
—¿De verdad? —preguntó Rocío frunciendo el ceño—. ¿Y si solo le dan cárcel?
—Tienes que confiar en que siempre hay más soluciones que problemas. Si hay un obstáculo, se resuelve. Cuando entre a prisión, ¿crees que no habrá manera de que lo pase «bien» ahí dentro?
Nerea curvó ligeramente los labios, mirando a Isabel con una sonrisa.
—¿Quieres vivir cómoda y tranquila allá adentro? Sigue soñando.
La policía llegó pronto, acordonó la zona, recolectó pruebas y recuperó los videos de los autos.
Isabel fue enviada al hospital bajo custodia.
Nerea y los demás fueron a la comisaría a dar su declaración.
Al salir de la estación de policía, Rocío se tocó el estómago.
—Mana, tengo hambre, vamos a cenar, yo invito.
Cristian, que iba a su lado, intervino:
—Yo también tengo hambre, agréguenme al plan.
Rocío se volvió a mirarlo y sonrió:
—Lo siento, esta noche es de chicas. A la próxima te invito.
Cristian agarró a Rocío del brazo.
—Puedes fingir que yo no existo.
Enfatizó la palabra «yo» para recordarle a Rocío su parentesco.
Pero en el corazón de Rocío, un cuñado no era tan importante como Nerea.
Incluso si juntaran a toda la familia Vega, no igualarían el peso que Nerea tenía para ella.
—Lo siento, pero eres un hombretón muy grande; es imposible fingir que no existes.
Cristian estaba dispuesto a todo con tal de cenar con Nerea, así que apretó los dientes y dijo:
—Entonces trátame como a una amiga más.
Rocío abrió los ojos como platos, sorprendida por su insistencia.
—Directora Galarza —dijo Cristian mirando a Nerea—, ¿le importa si se une una amiga más?
Nerea sonrió.
—Señor Vega, podría considerar operarse para cambiar de sexo primero. En ese caso, no me importaría.
Rocío soltó una carcajada, sacó su celular y le hizo una transferencia bancaria a Cristian.
—Ándale, ahí te va para que te compres algo rico y cenes tú solo.
Rocío tomó a Nerea del brazo y se alejaron felices.
Cristian miró las espaldas de ambas alejándose, luego miró la notificación de la transferencia en su celular y murmuró con fastidio sobre Rocío:


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio