Por eso Valentina había logrado manipularla. Ahora, pensándolo bien, se daba cuenta del error.
—Las invitaciones para el cumpleaños de los Cabrera eran limitadas, nosotros solo recibimos cuatro —confesó Doña Matilde—. Valentina me dijo que había gente falsificándolas y tuve miedo de que los Encinas hiciéramos el ridículo si ella entraba con una falsa.
Alexander alzó una ceja. —¿Valentina?
Miró a Felipe. El rostro de Felipe se oscureció; eran hombres de mundo, entendieron la jugada de inmediato.
Mandaron llamar a Valentina al despacho. Ella intentó justificarse, pero Felipe golpeó la mesa con tal fuerza que la taza cayó al suelo y se hizo pedazos junto a sus pies. Valentina se encogió del susto y guardó silencio.
—Valentina, y yo que pensaba que eras sensata —dijo Felipe con profunda decepción—. Sabías que tu abuela y Nerea no se llevan bien, y aun así le llenaste la cabeza con lo de las invitaciones falsas para provocarla. Qué buena manera de echar leña al fuego.
Valentina, con los ojos llorosos, se disculpó: —Papá, sé que me equivoqué. Perdón.
La expresión de Felipe no se suavizó. —Valentina, eres una dama de la familia Encinas. Todo lo que haces debe ser por el bien de la familia. Si a la familia le va bien, a ti te va bien. Recuérdalo.
—Lo recordaré, papá.
—Y en cuanto a esos celos o envidias que traes guardados, no me importa qué sean, pero más te vale guardártelos. No quiero que vuelvas a faltarle al respeto a tu prima. Ahora discúlpate con ella y luego vete a la capilla a pasar la noche reflexionando sobre lo que hiciste.
Cuando Valentina salió, Felipe miró a su madre. —Mamá, es tu turno.
Doña Matilde parecía muy incómoda y no abría la boca.
—Mamá, te he cuidado el orgullo no haciéndote pedir perdón frente a los extraños o los nietos —dijo Felipe—. Estamos solo nosotros. ¿Ya no tienes ni el valor de admitir un error?
Doña Matilde apretaba las manos, incapaz de tragar su orgullo. Miró a Nerea. La joven no dijo nada; no había burla en sus ojos, ni triunfo. Estaba tranquila, serena. Muy diferente a la actitud dominante que había mostrado con Valentina. Valentina era joven y necesitaba ser domada con firmeza. Pero Doña Matilde era diferente; le quedaban pocos años de vida y su estatus era otro. Por eso, la actitud de Nerea fue distinta.
Ante esa calma, Doña Matilde soltó las manos y finalmente dijo: —Perdóname, Nerea.

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