—Leo, ¿por qué no duermes en la cama tú también?
Leonardo nunca hubiera soñado con pedir algo así. Estar en la misma habitación ya era un regalo. Se quedó pasmado, pensando que había escuchado mal.
—¿Mande? —preguntó, mirándola con incredulidad.
Una vez dicha la frase, Nerea no se echó para atrás. No tenía segundas intenciones, así que no había por qué ponerse nerviosa.
—Digo que no duermas en el sofá. Vente a la cama. Es King Size, cabemos los dos perfectamente.
Leonardo sintió el impulso de saltar del sofá y correr hacia ella, pero se obligó a negar con la cabeza. —No, estoy bien aquí.
—Ese sofá es minúsculo, vas a amanecer todo torcido.
—He dormido en piedras y lodo, esto es lujo. Además... no es correcto dormir en la misma cama.
La verdad era que no confiaba en su autocontrol. Tenía miedo de que, en medio de la noche, su instinto lo traicionara.
Nerea arqueó una ceja. —¿Quién se va a enterar? Además, si no descansas bien, ¿cómo vas a protegerme?
Ese argumento fue el golpe final a su débil resistencia. Leonardo se levantó, agarrando su almohada.
—Nere, te juro que duermo como una tabla. No me muevo —prometió, más para sí mismo que para ella.
—¿Es verdad eso de que los militares duermen en posición de firmes? —bromeó ella.
—No tanto —dijo él, colocando la almohada en el extremo opuesto.
Antes de acostarse, revisó las ventanas una vez más. A pesar de la oscuridad, recorrió el jardín con la mirada. Todo tranquilo. La seguridad del palacio era estricta.
—¿Todo bien? —preguntó Nerea, sentada con las piernas cruzadas.
Nerea, todavía medio dormida, se quedó mirándolo. El hombre era una máquina: espalda ancha, cintura estrecha, músculos definidos bajo la camiseta empapada en sudor. Cada movimiento destilaba fuerza bruta.
Leonardo notó que ella lo observaba y se esforzó un poco más para lucirse. Terminó la serie, se puso de pie y fingió sorpresa.
—Buenos días, Nere. ¿Ya despertaste?
—Buenos días, Leo. Conté trescientas lagartijas, qué bárbaro.
Él le pasó un vaso de agua tibia. —Hago mil todas las mañanas.
Nerea bebió el agua y fue al baño. De nuevo, el cepillo de dientes ya tenía la pasta lista.
—Leo, me consientes demasiado —dijo ella con el cepillo en la boca.
—Es la costumbre. Y parte del servicio de protección —respondió él desde el cuarto, mientras terminaba de tender la cama de ella, dejándola impecable.

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