—¿Y te vas a quedar ahí viendo cómo se mueve por el sistema? ¡Aíslen el equipo ahora mismo!
Pero aunque desconectara la corriente o apagara el equipo, la intrusión no se detendría. Nerea se movía por sus servidores con una facilidad insultante, como si conociera el sistema de memoria.
Sirico sentía que la humillación era insoportable. —Son un ejército de expertos, ¿y no pueden con una sola mujer? ¡Y encima en nuestra propia casa!
—Señor, no es cuestión de cantidad, es de calidad. Simplemente es mejor que nosotros.
Arriba, en la habitación, Nerea estaba recostada cómodamente, con una mano en la barbilla y la otra en el ratón. Chasqueó la lengua con decepción.
—Qué aburrido, no tienen nada interesante.
Escribió un mensaje rápido: *«Su casa es muy pobre, no hay nada de valor. Me voy, ya no quiero jugar. ¡Bye!»*.
El técnico vio cómo la pantalla volvía a encenderse y mostraba el mensaje, incluso traducido automáticamente. Sirico estaba que echaba humo.
—¡Maldita sea! ¡Hagan algo! No puede burlarse así de nosotros, ¡esto es la residencia presidencial!
—Lo siento, señor.
—¡No quiero disculpas, quiero resultados! ¡Ataquen de vuelta! ¡Quiero humillarla yo a ella!
—No podemos, señor.
Sirico caminaba de un lado a otro con las manos en la cintura, echando humo de la rabia. Finalmente, señaló a los técnicos y gritó: —¡Tienen aserrín en la cabeza! ¡Largo de aquí! ¡Traigan a otro equipo!
Ajena al drama, Nerea comenzó a redactar el historial clínico de Gury y el plan de tratamiento. El virus había mutado, y para curarlo necesitaría acceso al laboratorio para desarrollar un suero específico.
Mientras ella trabajaba, Leonardo se mantenía alerta junto a la ventana, levantando apenas una esquina de la cortina. Memorizó cada detalle del exterior: guardias, rutas, puntos ciegos. Confirmó que no había vigilancia directa hacia la ventana.
Llamó a Alexander para reportarse. Su jefe les pidió extremar precauciones. Luego, Leonardo tuvo una breve reunión con los guardaespaldas para coordinar los turnos de guardia nocturna.
—Leo, ¿trabajaste en una estética o qué?
—Un compañero del ejército venía de familia de peluqueros. Nos enseñó a todos. Decía que el saber no ocupa lugar.
Lo que el compañero realmente había dicho era: *«Aprendan, cabrones. El día que tengan mujer, peinarla y secarle el pelo les va a ganar puntos extra»*. En ese entonces Leonardo se había reído, pero ahora entendía la sabiduría de aquel consejo.
Cuando terminó, le cepilló el cabello con suavidad. En ese momento entendió la intimidad que puede haber en un gesto tan simple como peinar a la mujer que quieres.
Nerea solía trabajar hasta tarde, y Leonardo se quedó haciéndole compañía. Le servía agua, le pelaba fruta e incluso le limpió el polvo de los zapatos. Cuando ella fue a lavarse los dientes, ya tenía la pasta puesta en el cepillo.
Al salir del baño, vio que Leonardo había preparado la cama para ella, pero él estaba acomodándose en el sofá con una manta delgada. El sofá apenas medía metro ochenta; sus pies colgaban por fuera. Se veía incómodo y un poco triste.
Nerea no pudo soportarlo. —Leo, ¿por qué no duermes en la cama tú también?

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