Leonardo colgó la llamada.
Al escuchar el tono de «fuera de servicio» en el auricular, Cristian palideció.
Sintió como si le hubieran arrancado algo del pecho y lo dejaran vacío, con un frío que le recorría todo el cuerpo.
Esta vez había usado la excusa de traer a Ulises a Puerto Rosales para buscar a Nerea. Sin embargo, al llegar se enteró de que ella había salido de viaje a Estados Unidos.
—¿Papá? —lo llamó Ulises, mirándolo con lástima.
Cristian bajó la mirada. Tenía los ojos húmedos y enrojecidos.
—Ulises, ¿qué crees que deba hacer para que tu mamá me perdone?
—Hagas lo que hagas, no te va a perdonar. Nerea no es tonta. Con tantos hombres valiosos interesados en ella, ¿por qué habría de escogerte a ti? Seguro busca a alguien excepcional, un buen hombre que la ame de verdad. Mejor deja de soñar despierto; es mucha pieza para ti.
La señora Encinas se estaba desahogando con Cristian por todo el mal rato que le había hecho pasar Ulises. Que el padre cargara con las consecuencias le parecía de lo más justo.
Finalmente, tras soltar todo su veneno, la anciana se sintió aliviada.
Sonrió y miró al niño.
—Ulises, ya no estoy enojada. ¿Esto no afectará mi tratamiento, verdad?
El niño puso cara seria.
—Si vuelves a decir tonterías, no te voy a tratar.
Por más patán que fuera Cristian, seguía siendo su padre biológico. Sin importar el pasado, al menos ahora se portaba bien con él. Era un padre decente. Así que solo su mamá tenía derecho a bulearlo; nadie más.
Ese patán era su papá, y no iba a permitir que otros lo pisotearan.
La abuela Encinas, que ya había sufrido un derrame cerebral y valoraba mucho su vida, sabía que no podía ofender al pequeño genio médico. Para ella, Ulises era un milagro: con unas cuantas agujas había logrado que mejorara. Si eso no era ser un prodigio, no sabía qué era.
La anciana se retractó de inmediato:
—No, no, no, por favor. Me equivoqué, mi vida. Te prometo que no volveré a abrir la boca de más, ¿está bien?
***
Mientras tanto, en Estados Unidos.
La Casa Blanca tomó una decisión rápida y aceptó el plan de tratamiento de Nerea.
El vaso tenía un popote para facilitarle las cosas. Nerea bebía sin dejar de manipular sus instrumentos. Leonardo no decía nada más; le daba agua y se apartaba para no interrumpir.
A la hora de la comida, si ella no había terminado, no paraba. Entonces Leonardo se paraba a su lado y le daba de comer en la boca, cucharada tras cucharada. Luego le limpiaba la comisura de los labios y volvía a volverse invisible.
Leonardo la cuidaba con una dedicación absoluta, sin estorbarla ni robarle protagonismo.
Salvo para tratar al Presidente Gury, Nerea no salía del laboratorio; incluso dormía en el área de descanso de las instalaciones.
En la sala de monitoreo, el señor Sirico le preguntó a un hombre de bata blanca que estaba a su lado:
—¿Entiendes lo que hace? ¿Sabes en qué está trabajando?
El hombre frunció el ceño, totalmente perdido. A veces creía entender, pero el siguiente paso de Nerea era tan ilógico para él que lo dejaba confundido de nuevo.
—¿No entiendes? —preguntó Sirico, molesto.
—Lo siento, señor Sirico. Necesito observar más —se disculpó el hombre, avergonzado.
Pero por más que mirara, jamás descifraría el experimento. Nerea sabía que la vigilaban, así que desglosaba los pasos para crear el antídoto de manera minuciosa y los escondía hábilmente dentro de otros procesos experimentales.
Lo hacía para proteger sus resultados. Aunque dicen que la ciencia no tiene fronteras, los científicos sí tienen patria. Y como latina, su prioridad era proteger los intereses de su región.

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