Nerea descubrió con horror que, en efecto, ¡estaba abrazando a Leonardo!
Seguro se había despertado mal. Cerró los ojos y los volvió a abrir. ¡Seguía ahí! ¡Tenía que ser un sueño! ¡Seguía dormida!
Sí, eso debía ser. Levantó la mano, lista para pellizcarse la cara.
Pero alguien le sujetó la mano.
—¿Para qué te pellizcas? —La voz de Leonardo vino desde arriba, tan cerca, justo al lado de su oreja.
Nerea levantó la cabeza de golpe. Al hacerlo, ambos se quedaron paralizados. ¡Por poco se besan! Sus respiraciones se mezclaron y Nerea abrió los ojos como platos, incapaz de procesar la situación. Su cerebro, usualmente brillante y calculador, parecía haberse colgado, dejando la pantalla en blanco. Esa expresión aturdida era muy diferente a su seriedad habitual.
—¿Qué pasa? ¿Te quedaste pasmada?
Nerea movió los ojos lentamente hacia un lado. Al segundo siguiente, puso cara de querer llorar. Estaba aferrada al cuerpo de Leonardo con brazos y piernas, sin dejarle espacio para moverse. ¡Parecía una depravada! ¿Qué hacía? Qué vergüenza. En ese momento quería que se la tragara la tierra.
Leonardo se rio, burlándose un poco:
—¿Por qué lloras? El que fue manoseado fui yo.
¿Manoseado? No sería para tanto, ¿verdad? ¿Acaso estaba tan necesitada?
—Perdón, pero te juro que no soy una pervertida, créeme —dijo Nerea mientras retiraba con cuidado los brazos y las piernas.
Pero en el proceso, rozó algo grande y sensible.
Leonardo soltó un gemido de dolor ahogado. Las mejillas de Nerea se pusieron rojas como un tomate. Aquello ya era demasiado.
—¡Perdón, perdón! —Nerea se retiró a toda velocidad, retrocediendo sin parar.
Si Leonardo no hubiera sido rápido para agarrarla, se habría caído de la cama.
—Perdón, Leo, no fue a propósito. Normalmente duermo muy tranquila, no sé qué me pasó anoche, ¿acaso yo...? —Nerea no se atrevía a terminar la frase. Se mordió el labio y, armándose de valor, preguntó—: ¿Te hice algo muy pasado de la raya anoche?
—Eso no.
Nerea suspiró aliviada. Si solo fue dormir abrazados...
—Solo me abrazaste, me tocaste, me besaste y te frotaste contra mí —la interrumpió Leonardo, recostado contra la cabecera con una pierna flexionada.
Nerea se quedó muda.
—¿Be... besarte? —preguntó con voz temblorosa.
Leonardo se señaló una pequeña herida en la comisura del labio y luego se bajó un poco el cuello de la camiseta, revelando un chupetón que él mismo se había hecho. ¡Doble evidencia, pruebas irrefutables!
Nerea se cubrió la cara con las manos y gimió:
—No tengo cara para verte. Perdón, Leo, soy una bestia, no tengo perdón.
Leonardo estaba a punto de morir de ternura. El deseo que había reprimido durante tanto tiempo ya no pudo contenerse. Apartó las manos de Nerea y le dijo:
—Nere, puedes casarte conmigo. Si te casas conmigo, ya no serás una bestia.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio