Dicho esto, Leonardo añadió:
—Si el señor Vega realmente no puede elegir, ¿por qué no compra todos? ¿No es el señor Vega conocido por nadar en dinero y resolverlo todo con la cartera?
Cristian, quien solía ser cauteloso frente a Nerea, mostraba una cara muy distinta ante los demás. Mantuvo la calma y soltó una risa fría:
—¿Son celos lo que escucho, Rojas? Al fin y al cabo, no cualquiera puede ser el hombre más rico de Latinoamérica. Claramente, tú no lo eres.
—Al señor Vega hoy en día solo le queda el dinero para presumir. Más te vale rezar para no irte a la quiebra, o no valdrás ni un centavo.
—Agradezco la advertencia, Rojas, pero descuida. Grupo Vega ya tiene presencia global. Mi próxima meta es ser el más rico del mundo.
Nerea, escuchando el intercambio de insultos entre los dos hombres, negó con la cabeza resignada y se fue a otro lado a elegir los regalos. Ambos parecieron activar el modo de «seguimiento automático»: a donde iba Nerea, iban ellos.
—¿Pueden callarse un rato? —Nerea, harta, los fulminó con la mirada.
Al unísono, ambos le mostraron un regalo y preguntaron cuál era más bonito. Nerea ni siquiera miró el que sostenía Cristian; señaló el pequeño muñeco en la mano de Leonardo.
—Ese está bonito.
Leonardo sonrió de oreja a oreja y le dio un toquecito al muñeco.
—Entonces este se viene con nosotros.
Cristian se puso pálido.
—Nere, al menos mira el mío.
Nerea le dio la espalda.
—¿Por qué habría de verlo? Cristian, no somos amigos. ¿Todavía no lo entiendes? ¿O te haces el tonto porque no quieres enfrentar la realidad?
Nerea, con el regalo ya elegido en mano, se giró para mirarlo.
—Deja de engañarte. Hagas lo que hagas, no volveremos al pasado y en el futuro no seremos amigos. ¿No es mejor que cada quien siga su camino? Si nos vemos, nos saludamos cortésmente y mantenemos la dignidad. Esa es la mayor tolerancia que puedo ofrecerte.
Un escalofrío recorrió a Nerea. Apretó la taza de café con fuerza, tratando de no mostrar ninguna emoción anormal. Por suerte, Cristian estaba tan concentrado en lo que contaba que no notó el cambio en la expresión de Nerea.
—En el sueño, yo era un espectador de nuestras vidas, desde que nos conocimos hasta el futuro. En ese sueño, te acompañé año tras año. Te vi escribir textos de amor para mí, te vi crear perfumes pensando en mí, te vi colapsar llorando porque no me encontrabas tras el terremoto, te vi llena de lodo tratando de salvarme, te vi trabajando día y noche por nuestro hogar, sin dormir bien por cuidar a Ulises...
Para este punto, Cristian ya tenía el rostro bañado en lágrimas. No se atrevía a contar lo que pasaba después. Era demasiado cruel. Él había sido un maldito. Solo de pensarlo, le dolía cada órgano del cuerpo.
—Nere, sé que Isabel nunca me amó. Se acercó a mí por mi estatus, y cuando la familia Vega quebró, planeaba dejarme. Fui un estúpido, creí que eso era amor. Perdóname.
Cristian casi no podía hablar por el llanto; su arrepentimiento era genuino. Pero Nerea permaneció impasible. Sostenía la taza con la mirada baja, sin decir una palabra, aunque por dentro todo era confusión.
¡Cristian realmente había tenido el mismo sueño! Ahora le preocupaba que él intentara hacerle la cirugía de borrado de memoria, tal como ocurría en el sueño. Lo bueno era que ella no había revelado que compartía esa premonición.
Cristian, con los ojos rojos y una mirada profunda como el océano, le dijo:
—Nere, fue por ese sueño que me enamoré perdidamente de ti. Nadie podría no amar a una mujer así.

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