Por eso lo escuchó todo.
Valentina pensó con malicia: «Ojalá los terroristas maten a Nerea y no regrese nunca».
Así, la familia Encinas volvería a tenerla solo a ella como la única nieta.
Al enterarse de que Alexander solo tenía heridas leves y estaba fuera de peligro, la señora Encinas soltó un suspiro de alivio. Pasó las cuentas de su rosario y murmuró:
—Dios mío, protege a Alexander y haz que Nerea regrese con bien.
La señora Encinas no pedía por Nerea porque realmente la aceptara o la quisiera como nieta, sino porque Nerea era demasiado brillante. No solo ella, sino que tenía un hijo igual de talentoso. Esa era la única razón de sus plegarias.
Álvaro preguntó ansioso:
—Hermano, ¿qué dicen las autoridades? ¿Qué van a hacer?
—Nos piden calma —respondió Felipe—. El gobierno no se quedará de brazos cruzados, organizarán un rescate total.
Ulises se enteró hasta el día siguiente.
Moisés, el octavo de los Encinas, había hecho una travesura en la escuela y Felipe lo regañó severamente. El niño, de mal humor, se quejó con Valentina:
—No sé qué le pasa a mi papá, anda de un humor de perros. Ni siquiera me dejó explicarle, solo me soltó una patada.
Valentina vio de reojo que Ulises iba a darle su terapia al abuelo. Fingiendo cariño, le dijo a Moisés:
—No provoques a tu papá estos días. El señor Alexander tuvo un accidente en Estados Unidos y a Nerea se la llevaron unos terroristas; no se sabe si está viva o muerta. Tu papá está muy estresado.
—¡¿Qué?! ¡¿Secuestraron a Nerea?! —gritó Moisés, escandaloso como siempre.
Valentina intentó taparle la boca rápidamente.
Ulises se acercó.
—¿Qué acabas de decir? ¿Qué le pasó a mi mamá?
Valentina bajó la mirada hacia Ulises. «Tu madre se murió, te quedaste huérfano, mocoso», pensó con veneno. «A ver si así se te baja esa cara de niño insoportable».
Sin embargo, sonrió y dijo:
—Nada, no es nada.
Mientras hablaba, jaló a Moisés y se fueron corriendo.
Ulises estaba seguro de lo que había oído. Sintió una opresión en el pecho. Apretó los labios y llamó a Cristian. Sabía que su padre estaba en Estados Unidos, pero no contestó. Entonces llamó a Yago.
Yago contestó al instante.
—Joven Ulises.
—Hola, Yago. ¿Dónde está mi papá? No me contesta y necesito hablar con él.
—Joven, el señor Vega recibió un disparo. Está en quirófano ahora mismo.
Su madre desaparecida, su padre en cirugía.

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