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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 629

Leonardo besaba con ferocidad, con fuerza. Como si quisiera devorarla entera.

Nerea se asustó e intentó empujar, sin mucha convicción, a aquel hombre que se le había echado encima de repente. Leonardo, sin dejar de besarla con intensidad, le atrapó las manos. Se giró para quedar sobre ella, entrelazando sus dedos con fuerza, palma contra palma.

El fuego oscilaba; dentro de la cueva, las respiraciones se enredaban caóticamente. El sonido de los besos resonaba en las paredes de piedra y estallaba en sus oídos.

Nerea tenía los ojos enrojecidos en las comisuras; sus mejillas brillaban con un rubor intenso y miraba a Leonardo con los ojos húmedos.

—Leo, esas flores...

Nerea lo había entendido. Miró las flores rojas que resplandecían sobre la mesa de piedra. La comida no podía tener nada raro; lo único nuevo eran esas flores que habían cambiado ese día.

Pero Leonardo aprovechó el momento en que ella hablaba para profundizar el beso...

***

Fue una noche de locura.

Al día siguiente, cuando Nerea despertó, estaba sola en la cueva. La luz del sol se colaba dentro y la hoguera seguía ardiendo; Leonardo debía haberla dejado bien alimentada para que ella no pasara frío mientras dormía.

El ramo de flores rojas había sido reemplazado por pequeñas flores amarillas.

Junto al fuego, algo hervía en los tubos de bambú, burbujeando alegremente. Un intenso aroma a caldo de pescado le llegó a la nariz.

«Grrr...»

El estómago de Nerea despertó con el olor de la comida. Se apoyó en los brazos para levantarse. Pero apenas se movió, soltó un siseo de dolor. Sentía el cuerpo como si un tráiler le hubiera pasado por encima varias veces; estaba casi deshecha.

Leonardo, que estaba lavando frutas fuera de la cueva, escuchó el ruido y entró corriendo.

—Nere, ¿despertaste?

Nerea se sentó lentamente. Llevaba puesta su propia ropa. Leonardo debió haberla cambiado, porque ella recordaba haberse desmayado al final. Se revisó mentalmente: se sentía limpia y fresca, así que probablemente él la había aseado.

Al pensarlo, sus mejillas se sonrojaron ligeramente. Pero considerando que la noche anterior habían hecho cosas mucho más escandalosas, que la hubiera limpiado no parecía para tanto.

Leonardo se puso en cuclillas frente a Nerea con un tubo de agua tibia, mostrándose nervioso y tierno a la vez.

—Bebe un poco de agua.

—Gracias. —La voz de Nerea sonaba increíblemente ronca.

Tomó el agua y bebió, pero por el rabillo del ojo vio el cuello de Leonardo. Estaba cubierto de chupones y marcas de dientes. Las pestañas de Nerea temblaron, asustada.

«¿Yo le hice eso? ¿Tan salvaje fui?»

No se atrevió a mirar más; bajó la vista y sus ojos cayeron sobre la ropa de Leonardo. Pero al ver esa ropa, no pudo evitar recordar... Anoche, Leonardo, temiendo que la hierba le lastimara la piel, había puesto su propia ropa debajo de ella, y se había ensuciado...

Nerea no se atrevió a seguir mirando, temerosa de revivir más recuerdos. Bajó la cabeza y bebió el agua a pequeños sorbos.

Cuando terminó de beber, Leonardo la llamó con timidez:

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