¡Nerea era la mujer que él quería!
Al pensar en esto, Lucas sacó su arma y apuntó a Leonardo.
Al ver esto, la cara de Nicolás cambió drásticamente. Le agarró la mano y gritó:
—¿Qué haces?
Lucas lo miró de reojo, arqueando una ceja con una sonrisa perversa.
—¿No quieres que muera? Así habrá uno menos detrás de Nerea.
Aunque Nicolás y Leonardo eran enemigos mortales y rivales en el amor, ¡también eran camaradas de armas!
La educación de Nicolás le impedía permitir algo así.
—Sí quiero, ¡pero no de esta manera, no con estos medios! —respondió Nicolás con rectitud.
Lucas soltó una risa burlona, en total desacuerdo.
—Los medios no importan, el resultado es lo único que cuenta.
Mientras hablaba, Lucas apretó el gatillo sin dudarlo. Nicolás, igual de decidido, intervino para detenerlo.
—¡Bang!
Gracias a la interferencia de Nicolás, la bala se desvió.
El disparo alertó a la pareja que estaba perdida en su beso a la entrada de la cueva. Leonardo, por instinto, protegió a Nerea detrás de él y se giró para ver a Lucas y Nicolás a poca distancia.
Lucas curvó los labios en una sonrisa, pero su mirada era tenebrosa.
—Nerea, ¿cómo puedes estar besando a otro hombre?
Su tono era como el de un marido que acaba de atrapar a su esposa poniéndole los cuernos.
Nerea frunció el ceño.
—¿Qué hacen aquí?
La presencia de Nicolás no le extrañaba; seguramente había solicitado a la organización venir a rescatarlos. Nerea se sintió agradecida. Pero Lucas era diferente. Su identidad era especial.
No solo por ser el líder de una organización de asesinos, sino por su condición física, que ahora superaba a la de la gente común. Si él quisiera y usaran su sangre para investigar, pronto el mundo entero tendría acceso a drogas para mejorar la constitución humana. Eso traería un cambio radical al mundo.

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