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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 644

—¿Traes botiquín? —preguntó Leonardo.

Nicolás se quitó la mochila y sacó el kit de primeros auxilios.

Leonardo estiró la mano para tomarlo, pero Nicolás lo aferró con fuerza. Tiraron de él varias veces en un estira y afloja silencioso.

Leonardo alzó una ceja.

—Suéltalo ya.

Nicolás sentía que Leonardo se estaba burlando de él. Pero, ¿qué podía hacer, aunque no se resignara? Se habían besado delante de su cara.

Nerea había sufrido por amor y no era alguien que entregara sus sentimientos a la ligera. Pero una vez que elegía, no cambiaba. Antes, él podía engañarse pensando que tenía una oportunidad. Pero en ese momento supo que no tenía ninguna.

Leonardo tomó el botiquín, lo abrió y sacó aguja e hilo de sutura.

—Nere, vamos a coser esa herida primero.

El corte era grande y profundo; difícilmente sanaría sin puntos. Como no tenían herramientas, solo habían podido aplicar hierbas.

Leonardo le limpió la herida, la desinfectó y empezó a coser. Los de fuerzas especiales aprendían muchas cosas, y el tratamiento de emergencia y la sutura eran lo básico.

Leonardo tenía manos profesionales, firmes y rápidas, pero su corazón temblaba. Antes, ver algo así no le provocaba nada; para él solo era un pedazo de carne. Incluso si se trataba de su propio cuerpo. Sus compañeros solían burlarse de él diciendo que tenía el corazón de piedra.

Pero ahora, sus ojos estaban llenos de dolor.

A su lado, Nicolás tampoco tenía buena cara.

—¿Eres un inútil, Leonardo? ¿Por qué tú no estás herido? ¡Mira qué profunda es esa herida!

Leonardo no se defendió. Ya se sentía bastante culpable.

Nerea sonrió levemente.

—No es culpa de Leo.

—¡Cómo no va a ser su culpa! —rugió Nicolás. Estaba furioso porque Leonardo no la había cuidado bien, y también porque se la había robado.

Lucas, ya con la herida tratada, se acercó y dijo con desdén:

—Inútil.

Su propia herida tenía más de diez puntos, pero caminaba como si nada.

—Nerea, ¿te gusta este tipo de hombre inservible? —Lucas miró a Leonardo de reojo con desprecio.

Cuando él estuvo en Puerto San Martín, Leonardo ya se había ido a Valparaíso, así que era la primera vez que veía a su rival.

—Está bien —asintió Nerea sonriendo.

—Vaya, así que puedes sonreír tan dulcemente —comentó Lucas alzando una ceja, celoso. Jugueteaba con su pistola, con más ganas aún de matar a Leonardo.

Nerea no le hizo caso y se puso a platicar con Nicolás, intercambiando información. Al terminar, Nicolás volvió a mirar la herida en su brazo.

—¿Cómo te hiciste eso?

—Un oso negro.

Nicolás contuvo el aliento; conocía bien la fuerza de combate de un oso negro. El dolor en sus ojos no era menor que el de Leonardo.

Nerea no se atrevió a mirarlo a los ojos y desvió la vista.

—Gracias por venir a buscarme, Nicolás.

—Es el deber de un militar, no tienes que agradecerme.

Aunque dijera eso, de tantos militares, el que había venido era él. Nicolás había venido por ella. Ella lo sabía. Pero no podía corresponderle como él quería. Se sentía apenada, aunque Nicolás lo hiciera voluntariamente.

—Aun así, gracias, Nicolás. Es una suerte tenerte como amigo.

Nicolás bajó la mirada con una sonrisa amarga. No quería ser su amigo.

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