El pulso de Nicolás era tan débil que apenas se sentía.
Al escuchar la voz de Nerea, sus pestañas temblaron. Abrió los ojos lentamente y la miró.
Esbozó una sonrisa casi imperceptible. —Nerea...
—¡Nicolás! —Las lágrimas se le acumularon en los ojos por la desesperación.
Nerea le levantó la camisa para hacer presión sobre la herida con la tela, guiando la mano de él para que la ayudara. —Vas a estar bien, aguanta. Presiona aquí, ¿sí? Voy a buscar tu botiquín, te voy a coser la herida, todo va a salir bien, vas a estar bien.
—Nerea… —Nicolás le sujetó la mano y negó con la cabeza lentamente. Él sabía que no había salvación.
Además, los botiquines habían quedado enterrados bajo los escombros provocados por las granadas.
Ya no le quedaba tiempo.
Nerea también lo sabía.
¡Pero no podía quedarse de brazos cruzados! ¡Había estudiado medicina, era doctora!
¡Y aun así, no podía salvar a su amigo!
—Nerea, acércate un poco más.
La voz de Nicolás era apenas un susurro mientras le apretaba la mano con fuerza.
La miraba con anhelo.
Con un nudo en la garganta y los ojos enrojecidos, ella se inclinó hacia él.
Entre cortes de respiración, Nicolás murmuró: —Hazme un favor… diles a mis papás que me perdonen. Pero… no me arrepiento de nada.
Nerea asintió, aguantándose las ganas de llorar. —Lo haré.
—Nerea, me gustas mucho.
Ella asintió, con la voz quebrada. —Sí, lo sé.
Nicolás se llevó la mano de ella a los labios y le dio un beso sumamente suave, como una brisa pasajera que se desvaneció en un segundo sin dejar rastro.
Poco a poco, sus ojos se cerraron. La mano con la que sostenía a Nerea se soltó y cayó pesadamente sobre la tierra.
—¡Nicolás!
Las lágrimas, que ya no pudo contener, rodaron por sus mejillas.
—¡Nicolás, Nicolás!
Pero él ya no volvió a abrir los ojos.
Temblando, Nerea le tomó la muñeca. Ya no tenía pulso.
¡Nicolás estaba muerto!


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio