La respiración de Nerea era agitada y pesada.
Inhalaba y exhalaba con fuerza. Apretó los puños con tanta rabia que los nudillos le tronaron y las uñas casi se le clavaron en la palma de la mano.
Gotas de sangre comenzaron a escurrir por sus dedos.
Pero parecía no sentir ningún dolor.
El dolor en su corazón era tan grande que ya la había anestesiado.
Nicolás estaba muerto y Leonardo estaba gravemente herido.
¿Qué podía hacer?
¿Qué opciones le quedaban?
—¿Todavía no las tiran? —El arma de Lucas apuntó lentamente hacia el corazón de Leonardo.
—¡Ya basta! —Nerea tiró el arma que traía al suelo.
Los tres soldados restantes siguieron su ejemplo y arrojaron sus fusiles.
El capitán Cabrera ya había dado su vida; no podían permitir que le pasara lo mismo al capitán Rojas.
—Todo lo que traigan encima, tírenlo —ordenó Rosana.
Los soldados se desarmaron por completo rápidamente y patearon el equipo lejos de ellos.
—Nerea —Lucas le hizo una seña con el dedo, sonriendo—. Ven para acá.
Ella lo fulminó con la mirada, pero no se movió.
Lucas arqueó una ceja. —¿No vas a venir? Entonces tu noviecito se va a ir al...
—¡Ni se te ocurra tocarlo! —le gritó Nerea con firmeza.
Si las miradas mataran, en ese instante Lucas habría sido acribillado por miles de cuchillos hasta dejarlo como colador.
Con un semblante de hielo, se acercó a él.
Lucas seguía picando la cabeza de Leonardo con el arma. —Qué envidia me das, cabrón. A ella le importas demasiado.
Nerea se detuvo frente a Lucas, emitiendo un aura pesada, tratando de contener la furia y el asco que sentía.
Como si no notara su enojo, o simplemente porque le valía madre, Lucas alzó la cabeza y le sonrió. —Te ves más bonita cuando sonríes. Ándale, dame una sonrisa.
—¿Quieres que sonría? —Nerea soltó una risa irónica entre dientes y, en el siguiente segundo, levantó la mano para soltarle una cachetada.
Pero Lucas la interceptó y le agarró la muñeca.
Sin dudarlo, ella lanzó un golpe con la mano izquierda.
Como Lucas tenía la pistola en su izquierda, Rosana dio un paso al frente para detener a Nerea.
El sonido de una cachetada resonó en el aire.
Nerea le acomodó un revés brutal a Rosana en la cara.
Por la trayectoria de la bala en el cuerpo de Nicolás, estaba claro que le habían disparado por la espalda.
Y quien estaba a sus espaldas era Rosana.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio