En una hacienda a las afueras de la ciudad.
El helicóptero aterrizó en el helipuerto privado. Lucas cargó a Nerea en brazos y bajó de un salto, aterrizando con firmeza.
Un hombre de traje sastre a la medida, gafas de armazón dorado y aire refinado se acercó a paso rápido. —Ya regresaste.
Al ver a la mujer en brazos de su compañero, el hombre levantó las cejas con sorpresa. —¿Nerea? ¿Para qué la trajiste?
—Es mi mujer, ¿qué tiene de malo traerla a mi casa?
—¿Tu mujer?
El sujeto la escudriñó con extrañeza y luego, de reojo, echó un vistazo a Rosana, que venía a un lado.
Aunque Rosana trataba de mantener la compostura, su mirada no dejaba de clavarse en Lucas.
Todo el mundo sabía que esa muchacha sentía algo más que lealtad laboral por él.
Lucas también estaba al tanto, pero siempre le valió madre.
Al fin y al cabo, Rosana sabía su lugar: nunca intentaba pasarse de lista para metérsele a la cama, ni dejaba que sus sentimientos afectaran el trabajo.
Al sentir que la observaba, Rosana le devolvió una mirada glacial y lo saludó en un tono seco: —Agustín.
El hombre era Agustín Beltrán, el segundo al mando de la organización. Operaba desde las sombras y se encargaba del lavado de dinero, así como de las inversiones financieras.
Era doctor en economía y tenía un excelente ojo para los negocios, al punto de que manejaban empresas en todo el mundo.
Precisamente gracias a su red comercial, la organización contaba con un sistema de inteligencia sumamente eficiente.
Agustín asintió con un simple «ajá» y volvió a dirigirse a Lucas. —Habías agarrado un contrato en la dark web para rescatar a Nerea. ¿Qué pasó? ¿Te vas a echar para atrás?
—Ya tengo en mi poder cinco mil millones. Claro que voy a romper el trato. ¿Acaso esperabas que le entregara a la mujer que me interesa a otro güey?
—¿Cinco mil millones?
Lucas no pudo ocultar el buen humor al recordar la fortuna de Cristian, y sonrió con arrogancia. —¿A que no te la sabías? El que me contrató fue su exmarido, el hombre más rico de México.
—¿Exmarido? ¿Está divorciada? —Agustín se acomodó los lentes con una sonrisa burlona—. Ya veo por dónde van tus gustos.
A su lado, a Rosana pareció encendérsele el foco.
¿De verdad?
¿Será que ella también necesita casarse y divorciarse para gustarle?


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio