Rosana hizo el amago de ayudarlo, pero Lucas la detuvo con un grito.
—¡No te metas! Déjame jugar un rato con ella. Le hace bien desahogar el coraje.
Con los ojos inyectados en sangre, Nerea alcanzó a ver cómo los soldados cargaban a Leonardo para subirlo al helicóptero.
—¡Sueltenlo!
De repente, cambió de dirección y corrió hacia Leonardo.
Lucas fue tras ella, y justo en el instante en que Nerea lograba agarrar la mano de Leonardo...
Lucas la sujetó con fuerza por el brazo.
Al final, Nerea solo consiguió arrancarle un rosario verde que él llevaba.
Se llevaron a Leonardo.
Lucas le dio un golpe certero en la nuca y la dejó inconsciente.
Después de inyectarle una fuerte dosis de sedantes, le puso el collar de seguridad que su propio equipo había diseñado.
Ahora, él tenía el control.
Con sus dedos manchados de sangre, Lucas acarició el collar negro en el cuello de Nerea y murmuró con una actitud enferma: —Qué hermosa te ves así.
Rosana, con media cara todavía hinchada, le limpiaba una herida en el brazo, tratando de ocultar la profunda envidia y resentimiento en su mirada.
—Jefe, deme el brazo, le voy a curar la herida.
Lucas apenas le prestó atención. Pasó la mirada por los golpes de su rostro y preguntó con indiferencia: —¿Todavía te duele?
A Rosana se le iluminó el rostro y negó con la cabeza. —No, ya no.
Lucas asintió sin darle importancia y volvió la vista hacia Nerea, que dormía con el ceño fruncido.
—Para la próxima, no te le pongas al brinco. No puedes con ella. Si te lastima a ti, no pasa nada, tú aguantas vara; pero si me la llegas a rasguñar, me va a doler en el alma, y ahí sí te va a ir mal conmigo.
La sonrisa de Rosana se congeló, y el brillo en sus ojos se apagó lentamente, como un atardecer.
—Entendido —respondió, bajando la cabeza. Sin querer, aplicó el antiséptico con más fuerza de la necesaria.
—¡Ah, cabrón! —se quejó Lucas.
Al escucharlo, a Rosana se le llenaron los ojos de preocupación y aflojó la mano al instante. —Perdón, jefe.
Él la ignoró por completo. Sacó su celular y empezó a grabarle un video a Nerea.
Rosana observaba todo en silencio; su mirada se volvió lúgubre y llena de rencor.
¿Por qué diablos?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio