Rosana había muerto así, sin más.
Agustín suspiró un poco y le preguntó a Lucas:
—¿No te da tristeza? Tú mismo la entrenaste. Recuerdo que siempre decías que era muy fría, inteligente y que peleaba muy bien. Además, estaba locamente enamorada de ti, jamás te habría traicionado, te era completamente leal. ¿Se muere y no sientes nada?
Lucas encendió un cigarro sin mostrar ninguna emoción.
—Todos los días muere un montón de gente en este mundo, ¿crees que me va a dar tiempo de llorarles a todos?
Agustín negó con la cabeza.
—Qué cabrón eres.
Lucas soltó una carcajada burlona.
—¿A poco esperabas que un asesino tuviera sentimientos?
—Entonces, ¿te gusta ella? —Agustín desvió la mirada hacia Nerea.
Lucas exhaló el humo lentamente y respondió:
—Ella es mi deseo.
La vida le parecía de lo más aburrida, pero Nerea lograba despertar su interés.
Agustín ordenó que sacaran el cuerpo de Rosana y mandó a llamar a otro médico para que revisara las heridas de Lucas.
A causa de las descargas eléctricas, aunque Nerea estaba inconsciente, su cuerpo seguía teniendo espasmos involuntarios.
Lucas, sin saberlo, pensó que el médico estaba siendo muy brusco al sacarle la bala y le advirtió con voz fría:
—¡Hazlo con cuidado!
El doctor, resignado a su mala suerte, no tuvo de otra más que ser aún más cuidadoso.
Pero Nerea seguía temblando, lo que hizo que a Lucas se le revolviera el estómago de la preocupación.
Lucas le gritó furioso:
—¡Te dije que tengas cuidado! ¿Qué, estás sordo?
El médico, sudando a mares, se vio obligado a decirle la verdad:
—Jefe, la señorita Galarza tiene espasmos por las descargas eléctricas. No es por mi culpa, lo estoy haciendo con mucho cuidado.
Solo le faltó gritarle en la cara: «¡La señorita Galarza está temblando por los toques que le diste, no por mí! ¡Soy el mejor maldito doctor del mundo!».
Lucas se quedó sin palabras.
Sintiéndose humillado, se enojó y le exigió:
—¡Pues apúrate!
El doctor encogió los hombros por el grito y asintió tímidamente, sin atreverse a detener sus manos ni un segundo.
Agustín ya no pudo quedarse callado.
—Tú también estás herido, ¿no te duele? Todavía tienes ánimos para andar gritando.
En ese momento, llegó corriendo el otro médico que habían mandado a llamar.
Agustín le dijo:

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio