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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 667

—Si no vas a rogar, entonces deja de fregar —repitió Nerea, levantando la barbilla y mirando a Lucas con frialdad.

En el sótano, los matones de Lucas voltearon a ver a Nerea, estupefactos.

¿Cómo se atrevía a hablarle así a su jefe?

Aunque su jefe fuera un asesino, y su profesión no fuera tan prestigiosa como la de un gran empresario o un militar de alto rango, ¡era un tipo imponente!

Alto, de piernas largas, con un rostro atractivo y un aire relajado que irradiaba la arrogancia de un hombre de mundo.

Quién sabe cuántas mujeres se habían querido meter a su cama.

Pero todas terminaban siendo echadas a patadas por él.

Los hombres incluso habían empezado a sospechar que a su jefe no le gustaban las mujeres.

Quién iba a pensar que en este último viaje regresaría con una, y que además la trataría como si fuera de cristal.

La mujer había matado a Rosana, y el jefe ni siquiera la castigó; al contrario, dijo que Rosana había sido débil.

Ayer, cuando ella se enfermó, el jefe no se separó de su lado en toda la noche.

Era evidente lo mucho que la mimaba.

Pero lo que nunca imaginaron es que su devoción llegara a tal extremo.

La mujer lo acababa de dejar en ridículo delante de todos, y él ni siquiera le había levantado la mano.

Definitivamente, el jefe tenía pinta de convertirse en uno de esos tipos que pierden la cabeza por una falda.

Lucas apoyó ambas manos en el respaldo del sofá y giró la cabeza para mirar a sus hombres.

Aunque no dijo ni una palabra y su mirada parecía perezosa, sus hombres sintieron un escalofrío y se quedaron más quietos que una estatua.

Unos se rascaron la nariz, otros sacaron el celular. De pronto, todos parecían estar muy ocupados en sus propios asuntos.

Aunque quién sabe si de verdad estaban ocupados o solo se hacían los locos.

Lucas volvió a mirar a Nerea, y su vista se posó directamente en sus labios.

Al notar hacia dónde miraba, los ojos de Nerea se volvieron aún más gélidos.

—¿Ya no te duele la lengua?

¡Claro que le dolía! Esa mañana había tenido que tomarse el café helado y esperar a que el desayuno estuviera frío para poder comer.

Pero, como dicen, morir por los besos de una mujer hermosa bien valía la pena.

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