Todo en el estudio, junto con la villa entera, volaría en mil pedazos. La policía no encontraría nada. Pero la vida da muchas vueltas, y al final, él murió a manos de Nerea.
Todos subieron a las camionetas. El encargado de seguridad ordenó de inmediato que checaran las heridas de Nerea. Fue en ese momento cuando ella ya no aguantó más y se desmayó.
—¡Señorita Galarza!
Poco después de que se fueron, llegaron las patrullas de la policía estadounidense, pero lo único que encontraron fue una pila de escombros.
***
En la sala de urgencias del hospital.
—¡La paciente no responde! ¡No hay pulso en la carótida! ¡Dejó de respirar!
—¡Preparen el desfibrilador! ¡Onda bifásica a doscientos joules!
—¡Administren un miligramo de adrenalina por vía intravenosa! ¡Pasen solución salina! ¡Anoten la hora!
***
—Nere, despierta. Mira lo que te traje.
«¿Quién me está llamando?», pensó Nerea.
Sus párpados se sentían pesados como el plomo mientras los abría poco a poco. La luz deslumbrante la obligó a entrecerrar los ojos, y de pronto, la cara de Leonardo apareció frente a ella. Lo miró, todavía desorientada.
Él tenía en brazos a un gatito naranja muy pequeño, con el que le frotaba suavemente la mejilla.
Sin saber por qué, a Nerea se le escurrieron las lágrimas.
—¿Qué pasa? —preguntó Leonardo, sorprendido. Dejó a la criaturita a un lado y le limpió las lágrimas con el pulgar—. ¿Te lastimó?
Nerea se sentó de golpe y lo abrazó con todas sus fuerzas. Se había quedado sin palabras.
Él le devolvió el abrazo y le dio unas palmaditas en la espalda.
—¿Tuviste una pesadilla? Ya pasó, tranquila, los sueños siempre significan lo contrario.
Pero Nerea no estaba segura de si había sido un sueño o no. Solo sabía que sentía una opresión terrible en el pecho, un dolor profundo.
Leonardo la estuvo abrazando y consolando un buen rato hasta que Nerea logró convencerse de que solo había sido una pesadilla. Entonces, tomó a la criatura que él le había traído.
Leonardo se quedó pensativo.
—Florecita no suena muy rudo que digamos, mejor pongámosle Florito. Al fin y al cabo, en el futuro será el rey de la selva.
—¡Me parece perfecto! —Nerea sonrió y le tocó la nariz rosada al tigrecito—. De ahora en adelante, serás nuestro Florito.
—¿Nuestro? —Leonardo ladeó la cabeza, mirándola fijamente.
—Sí, ¿algún problema? —Nerea, con el cachorro en brazos, le dedicó una sonrisa radiante.
El tigrecito también se le quedó viendo, con cara de no entender nada.
Leonardo soltó una carcajada y negó con la cabeza.
—Ninguno. Tienes razón, es el nuestro.
En ese instante, la luz del sol era perfecta, filtrándose entre las hojas de los árboles. Era un paisaje tan hermoso que parecía irreal, sacado de un sueño.
Llevada por un impulso repentino, Nerea se acercó a él y lo besó. Era como si una voz en su cabeza le advirtiera que, si no lo hacía ahora, jamás volvería a tener la oportunidad...

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