Al sentir un sabor salado, Leonardo se apartó un poco y sostuvo el rostro de Nerea entre sus manos. Sin darse cuenta, ella había empezado a llorar a mares.
Él se acercó de nuevo y, con una ternura infinita, le fue besando las lágrimas para secarlas.
—¿Por qué lloras otra vez? —le preguntó, con una voz profunda, llena de paciencia y cariño.
Nerea negó con la cabeza, sonriendo como tonta. Se llevó una mano al pecho; no entendía por qué, a pesar de estar besándolo, sentía un vacío enorme en el corazón. ¿A qué le tenía tanto miedo?
Leonardo le alborotó el cabello con cariño.
—Ya no te malviajes con esas cosas. Anda, ven a ayudarme a cocinar.
Justo cuando estaban a punto de entrar a la cueva, escucharon una voz.
—¡Nere!
Nerea volteó de inmediato.
A unos pasos de ahí, asomándose por detrás de unos arbustos verdes, un hombre alto vestido con uniforme de camuflaje la saludaba con la mano, sonriendo.
—¡Nicolás!
Nerea le encajó a Florito en los brazos a Leonardo y salió corriendo hacia él, loca de alegría.
—¡Bájale, vas a tropezar! —le gritó Leonardo por detrás, preocupado.
Pero Nerea no lo escuchó. En ese momento, lo único que le importaba era llegar hasta él. Salió disparada como una bala y se lanzó a los brazos de Nicolás, apretándolo fuerte, como a un viejo amigo al que no había visto en años.
—¡Qué alivio, estás bien!
Nicolás se sorprendió un poco al principio, pero enseguida le correspondió el abrazo y bromeó:
—¿A poco me extrañaste tanto?
Nerea asintió sin soltarlo. Sin saber por qué, sintió un nudo tremendo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas otra vez. ¿Qué le pasaba hoy?
Leonardo se acercó a ellos. Nicolás le levantó las cejas con cara de triunfo.
—¿Ya viste? Nere me abrazó y dice que me extrañaba muchísimo.
Esta vez, Leonardo no le siguió el juego de pelear.
—Yo también te extrañé, cabrón.
—¡Uy, no manches! Ya vas a empezar de meloso —se quejó Nicolás.
Nicolás sintió algo húmedo en el hombro y se dio cuenta de que algo andaba mal. Tomó a Nerea por los hombros, la apartó un poco y la miró a la cara. Estaba llorando.
—Ey, ¿por qué lloras? —le preguntó, alarmado.

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