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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 699

¡Zas!

Las puertas de la sala de urgencias se abrieron de par en par y salió una enfermera. Al instante, todos los que esperaban en el pasillo voltearon a verla con los nervios de punta.

La enfermera habló con rapidez:

—La paciente Nerea ya recuperó el conocimiento y está fuera de peligro por el momento. Pueden estar tranquilos.

Al escuchar eso, Ulises rompió en llanto, desahogando toda la angustia que había estado aguantando. En su mente reafirmó su promesa: haría una buena obra cada día.

Álvaro se secó las lágrimas y juntó las manos, mirando al techo, dando gracias a Dios con profunda devoción.

Alexander, por supuesto, imitó a su hermano e hizo lo mismo, rezando lleno de gratitud.

Cristian lanzó una última mirada hacia las puertas y le ordenó a Yago:

—Sácame a tomar aire.

***

A kilómetros de ahí, en su residencia, Liam se enteró de que Nerea estaba a salvo. Apretó tanto la pluma que tenía en la mano que la rompió por la mitad. Todo el escritorio estaba cubierto de hojas llenas de la misma palabra que había estado escribiendo toda la noche: «Salva». Esa había sido su forma de rezarle al cielo.

***

Yago empujó la silla de Cristian hasta la salida del hospital. Con las manos todavía temblorosas, Cristian se llevó un cigarro a la boca y le dio unas caladas cortas. Solo hasta que el humo le llenó los pulmones sintió que el alma le volvía al cuerpo.

Fue entonces cuando apareció frente a ellos alguien a quien no esperaban ver.

—¡Señor Vega! ¡Yago!

Ambos voltearon al escuchar la voz. ¡Era Adrián Osorio!

Adrián era el jefe del equipo médico de investigación de la memoria al que Cristian financiaba.

—Adrián, ¿qué haces aquí? —preguntó Yago, sorprendido.

—Me invitaron a Estados Unidos para operarle el cerebro a una paciente. Acabo de terminar y ya iba para el hotel a descansar. No tenía idea de que me los toparía por acá.

Él solo quería demostrarle a Nerea que había entendido sus errores. Que iba a cambiar, que podía hacerlo y que por fin la haría feliz. Pero ahora, viéndose en ese estado... ¿qué caso tenía aferrarse a forzar las cosas?

¿Qué le podía ofrecer?

¿Dinero? Ella ganaba el suyo.

¿Poder? A ella le sobraba.

¿Prestigio? El estatus de Nerea ya estaba al mismo nivel que el suyo, o incluso más arriba.

¿Un matrimonio feliz? ¿Acaso él era capaz de darle eso?

No tenía nada que ofrecer y nada que demostrar. Al final, no le quedó más remedio que aceptar su cruda realidad.

Además de eso... el momento en que vio pasar la camilla de Nerea a su lado, cubierta de sangre y con el cuerpo helado, de camino al quirófano... El instante en que la enfermera salió con el acta de riesgo de muerte para que la firmaran... La noticia de que su corazón había dejado de latir... Todo eso lo hizo entender que el resto de las cosas no importaban.

Nada valía la pena. Lo único que le importaba era que ella siguiera viva. Si le tocaba ser solo un espectador en su vida, que así fuera. De ahora en adelante, se conformaría con observarla desde lejos, en silencio, deseándole siempre lo mejor.

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