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Mi hijo eligió otra mamá, y yo elegí mi imperio romance Capítulo 698

Ni siquiera necesitó echarle sazonador extra; con pura sal, soltó un aroma delicioso que inundó toda la cueva. Al cachorro le brillaban los ojos y a cada rato intentaba saltar hacia la olla.

Por su parte, Nicolás hizo una sopa con unos mejillones de río que los soldados habían recolectado. Le puso unas rodajas de jengibre silvestre, un poco de cebollín y una pizca de sal. El caldo quedó exquisito, y la carne de los mejillones estaba tierna y jugosa; un verdadero manjar.

Prepararon también pescado dorado a la plancha, sazonado con hierbas silvestres que le quitaban el mal olor y lo dejaban con un aroma tostado irresistible. Además, hicieron carne de caza ahumada frita con cebolla, que olía tan bien que a cualquiera se le hacía agua la boca, y unos trozos de conejo guisados con chiles del monte, acompañados de verduras silvestres y frutas frescas. Para rematar, prepararon una salsita con el chile en polvo y el comino.

Al ver aquel banquete tan abundante, a Nerea le pareció extrañamente familiar, como si ya hubiera vivido esa escena antes.

Para entonces, todos estaban que babeaban. Los ojos les brillaban como a manada de lobos hambrientos.

Bastó con que alguien diera la orden de atacar para que todos se lanzaran sobre la comida al mismo tiempo. Parecía una competencia para ver quién comía más rápido. Ya no importaba nada más, lo primero era llenarse el estómago.

De repente, dos trozos de pescado dorado aparecieron en el plato de Nerea. Ella miró a Leonardo y luego a Nicolás.

Con una sonrisa, agarró los dos pedazos al mismo tiempo y se los comió de un bocado.

Al terminar la comida, todos tenían cara de satisfacción total. Pero, de golpe, alguien dijo:

—Ya nos tenemos que ir.

El corazón de Nerea dio un vuelco sin razón aparente. Miró la cueva con tristeza y asintió.

—Vámonos.

Hizo el intento de pararse, pero Nicolás le puso una mano en el hombro para detenerla. Nerea levantó la vista hacia él.

—Nere, los que nos tenemos que ir somos nosotros —le aclaró él, con una sonrisa triste.

Ella lo miró con desesperación.

—Sí, ya sé, nos vamos todos juntos.

Nicolás la seguía mirando con esa sonrisa serena.

—No, Nere. ¿Te acuerdas de lo que me prometiste?

En ese instante, la figura de Nicolás empezó a volverse translúcida, como si estuviera a punto de desvanecerse en el aire. El pánico se apoderó de Nerea. Con los ojos llenos de lágrimas, sacudió la cabeza, negándose a aceptar lo que pasaba.

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