Mauro y Julián también entraron en la habitación.
Apenas entró, Julián clavó la mirada en Doris, que estaba en la cama, como si fuera a estrangularla en cualquier momento.
Detrás de ellos venían Carolina y Ricardo, ambos con cara de pocos amigos.
Carolina no podía creer que esa mujerzuela de Doris se hubiera atrevido a hacerle algo tan grave a Patricio.
Sí, estaba cien por ciento segura de que Doris era la culpable.
Los sentimientos de Ricardo, en cambio, eran mucho más complejos. Él sabía que Patricio iba a buscarle problemas a Doris, pero nunca imaginó un desenlace tan trágico, ¡casi le cuesta la vida!
Aunque, ahora que estaba en coma, no había mucha diferencia con estar muerto.
Además, todavía no sabía qué pretendía Doris con la aguja que le clavó a Patricio el día anterior.
Doris se metió en la boca el último bocado del bollo que tenía en la mano y, mientras masticaba lentamente, recorrió la habitación con la mirada. Una sonrisa burlona se dibujó en su interior. «Vaya, parece que toda la familia Palma está aquí de nuevo, menos Patricio».
«Ah, y mi tía Andrea, a la que todavía no he tenido el gusto de conocer».
Mauro, apoyado en Julián, se sentó en una silla. Al ver que Doris tampoco tenía muy buena cara, le espetó a Fátima en voz baja:
—Doris también resultó herida en este accidente. ¿De verdad crees que se arriesgaría a matarse a sí misma solo para hacerle daño a Patricio?
Fátima replicó, con argumentos de sobra:
—Papá, ¡no existen tantas coincidencias en este mundo! ¡Su carro chocó precisamente con el de Patri! Antes, cuando eras parcial, no me importaba, pero esto se trata de la vida de mi hijo. No voy a permitir que la favorezcas esta vez. ¡Si Doris no nos da una explicación, juro que la mataré aunque sea lo último que haga!
Al decir esto, miró a su esposo, esperando que la respaldara.
Julián también habló con seriedad.


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