—Papá, ¡escuche a mi cuñada y a Doris! ¡¿Acaso eso es algo que diría una persona decente?! —Fátima, roja de ira, sentía el pecho a punto de estallar. ¡Creía que de tanto coraje le iba a dar una mastitis!
—Si ustedes no se comportan como personas, mi mamá y yo no tenemos por qué hablarles como si lo fueran —respondió Doris sin inmutarse.
Fátima, con los ojos desorbitados, señaló a Doris y gritó:
—¡Mi cuñada era una mujer tan dócil, y ahora Doris la ha maleado y la ha vuelto una déspota!
—Antes era dócil porque no quería pelear con ustedes —replicó Tatiana—. Pero ahora me doy cuenta de lo malagradecidos que son. Seguro que se alegraron mucho cuando supieron que Felipe y yo no podíamos tener hijos y, por lo tanto, no competiríamos por la herencia. Ahora que Doris es nuestra hija, y que es tan brillante y los amenaza en todo, se han puesto como locos.
—¡No levantes falsos! —la refutación de Fátima sonó poco convincente, pero aun así, dijo con descaro—: Cuñada, el que tú y mi hermano no tuvieran hijos es algo que siempre lamenté, ¡incluso más que ustedes!
—¿Ah, sí? ¿Y no eras tú la que andaba por ahí diciéndome que era una gallina que no podía poner huevos? —Tatiana desenmascaró su falsa amabilidad.
Fátima se quedó sin palabras. Justo cuando iba a replicar, Julián la interrumpió.
—¡Ya basta de divagar, estamos hablando del accidente!
El recordatorio de su esposo la trajo de vuelta a la realidad.
—¡Cierto! ¡No he venido aquí a discutir con ustedes! —exclamó—. ¡Doris chocó contra el carro de mi hijo Patri, lo dejó gravemente herido y todavía no despierta! ¡El doctor ni siquiera sabe si lo hará! Así que, sea como sea, ¡hoy Doris tiene que darnos una explicación satisfactoria! ¡Si no lo hace, juro que me las pagará con sangre!
Dicho esto, adoptó una postura desafiante, dispuesta a todo.
Felipe, con el rostro sombrío, miró a Julián con frialdad.


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