Francisco no sabía qué se traía Doris entre manos, pero sí sabía que lo mejor era seguirle la corriente, así que aceptó sin dudarlo.
—Sin problema, ¡usted manda! Mientras me siga surtiendo y no le venda las hierbas a ninguna otra casa de subastas, por mí está perfecto.
Para Francisco, Doris era su gallina de los huevos de oro. No iba a dejar que se le fuera esa mina de oro.
—No te preocupes —dijo Doris con una sonrisa—. Mientras seas un hombre de palabra, Francisco, seguiré trabajando contigo.
—¡Jaja, ni lo dude! —se apresuró a decir Francisco—. ¿Cómo cree que me atrevería a jugarle chueco a usted?
—Por cierto, este sábado es mi fiesta de compromiso con el señor Villar. Estás invitado, Francisco, espero que puedas acompañarnos —dijo Doris con una sonrisa natural y elegante antes de irse.
Al oír esto, Francisco se sintió increíblemente halagado. Asintió, emocionado.
—¡Claro que sí, por supuesto! Es un gran honor para mí recibir una invitación de la señorita Palma. ¡Hasta temía que no me considerara digno de recibir una!
Y es que la fiesta de compromiso del señor Villar sin duda sería el centro de atención de todo Solara. Si él podía aprovechar la ocasión para codearse con más gente importante, le sería de gran ayuda para consolidar su posición como el dueño de la casa de subastas más grande de Solara.
—Me voy.
—¡Claro que sí, señorita Palma, que le vaya bien!
Después de acompañar respetuosamente a Doris hasta la salida, Francisco llamó de inmediato a Ricardo.
—Oiga, señor Palma, ¿se acuerda que me pidió que estuviera atento a cualquier noticia sobre esa misteriosa doctora experta en venenos?
—¡¿Ya hay noticias de ella?! —La voz de Ricardo sonó de inmediato al otro lado de la línea, claramente emocionada.
—Así es… ya hay noticias. Hoy, la doctora mandó a alguien a traerme unas hierbas medicinales increíblemente raras por adelantado. También dejó un mensaje diciendo que vendrá personalmente a ver la subasta este fin de semana.
—¡Excelente! ¡Muchas gracias por avisarme, Francisco! Si en el futuro necesitas ayuda con algo, ¡no dudes en pedírmelo!
—¡No tiene nada que agradecer, señor Palma!
Tras colgar, Francisco hizo una mueca de desdén. «¿Ayudarlo? Si después de haber ofendido a esa fiera de Doris, apenas y puedo conmigo mismo».

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