A Izan, sin embargo, no le importó.
—A mujeres como Doris, mi papá y yo nos las comíamos vivas en África. Para acabar con Higinio, una humillación de niños como la que sufrió Noé hoy no sirve de nada.
De paso, se burló de Noé.
Silvia no pudo evitar sonreír.
Noé, al ser mencionado, sintió una oleada de humillación.
—¡Ja! Izan, eres mucho más capaz que yo. ¡Ya veremos cómo piensas lidiar con Higinio y esa zorra de Doris! ¡No vayas a tropezar tú también y acabes beneficiando a mi hermano!
Izan soltó una risa fría, y un destello de crueldad brilló en sus ojos.
—De eso no te preocupes.
«La forma más rápida y fácil es hacer que Higinio caiga en la miseria por su propia voluntad, que deje de ser ese nieto brillante del que el abuelo se siente tan orgulloso».
Héctor intercambió una mirada con su padre, Víctor, y luego se sirvió una copa de vino. Le dio un sorbo, con una leve sonrisa en los labios.
«Para acabar con Higinio, mejor que Izan, ese bruto impulsivo y sanguinario como su padre Hugo, se lance primero y se desgaste. Yo solo tengo que esperar el momento oportuno para darle el golpe de gracia y recoger los frutos».
***
En el escenario, Álvaro terminó su discurso y bajó junto con Rubén y Enrique.
—Álvaro, ¿no sabes que lo que acabas de decir le traerá problemas a tu hermano? —le reprochó Enrique, mirándolo con desaprobación.
Álvaro, que por fin había conseguido la atención de Enrique, sonrió levemente.
—Abuelo, aunque no lo hubiera dicho, con la situación actual de mi hermano, los problemas ya lo habrían encontrado de todos modos. Lo que dije no cambia nada. Por eso, quise dejar clara mi determinación de apoyarlo frente a todos.
Enrique lo miró pensativo y no dijo nada más.
Álvaro se sintió muy feliz por dentro. Al menos, su actuación había logrado que su abuelo se diera cuenta de que él también existía, que no solo estaba Higinio.

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