—¡Higinio, no estoy de acuerdo con que te cases con Doris!
La frase rompió el ambiente por completo y atrajo la atención de todos los invitados, quienes se giraron para ver al hombre que entraba por la puerta.
Germán, vestido con un impecable traje blanco y sosteniendo un enorme ramo de rosas rojas, avanzó a grandes zancadas bajo la mirada de todos.
Doris le quitó el micrófono a Higinio y dijo con una expresión impasible:
—Germán, lárgate de aquí. ¿Desde cuándo necesito tu permiso para casarme?
Germán la miró con devoción y su voz sonó firme y clara.
—¡No me iré, a menos que canceles tu compromiso con Higinio ahora mismo!
Los murmullos comenzaron a extenderse entre los invitados.
—¿No es ese Germán, el heredero que la familia Benítez encontró hace poco?
—Sí, es él. ¿Qué está pasando?
—Parece que el heredero de los Benítez y la verdadera heredera de los Palma tienen un pasado secreto.
—¿Será que todavía se ven a escondidas? Pobre señor Villar, qué manera de ponerle el cuerno.
Germán alzó la voz.
—¡Higinio, ahora no eres más que un lisiado que no solo no puede caminar, sino que tampoco puede tener hijos! ¡Casarte con Doris es arruinarle la vida! ¡Si de verdad te consideras un hombre, haz lo que un hombre debe hacer y déjala ir! Deja que Doris busque la verdadera felicidad, ¡y yo soy el hombre que puede dársela!
Mientras hablaba con fervor, Germán se dirigía hacia el escenario.
Los invitados continuaron cuchicheando.
—¿De verdad el señor Villar no puede tener hijos?
—No estoy seguro, pero por lo general, donde hay humo, hay fuego.


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