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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 386

—Higinio, no malgastes saliva. No voy a caer en tu provocación. Mi hermano y yo siempre nos hemos llevado muy bien —dijo Silvia, tratando de calmar su enojo y forzando una sonrisa.

—Ah —dijo Higinio—. ¿Con que sí? Bueno, ya he preparado el terreno lo suficiente.

—¿Qué? —preguntó Silvia, confundida.

La sonrisa de Higinio se desvaneció.

—Ya te puedo secuestrar.

Antes de que Silvia pudiera reaccionar, una aguja de plata salió disparada del reposabrazos de la silla de ruedas de Higinio y se clavó en su cuello.

Silvia sintió una punzada y, antes de poder hacer nada, se sintió mareada.

Tambaleándose, se desplomó en el suelo, mirando con los párpados pesados a Higinio, que la observaba desde arriba.

—Higinio, te atreves a secuestrarme… Estamos en la mansión… ¿No… no temes que el abuelo se entere…?

La mirada de Higinio era serena.

—Se me olvidó decirte. La razón por la que el abuelo esperará tres meses para anunciar oficialmente al heredero es también para darme tiempo suficiente de eliminar todos los riesgos a mi alrededor.

»Y como viniste a meterte en la boca del lobo, me ahorraste el trabajo de mandar a alguien a secuestrarte.

Al escuchar estas últimas palabras, las pupilas de Silvia se dilataron.

Sin embargo, no pudo resistir más y se desmayó por completo.

Higinio pasó un dedo por un interruptor en el reposabrazos, con una mirada de admiración. El mecanismo que Doris le había instalado a su silla de ruedas era realmente útil.

—Enciérrenla —ordenó Higinio. Manuel continuó empujando la silla de ruedas hacia adelante.

En ese momento, un guardaespaldas de la mansión salió, se agachó, cargó sobre su hombro a la desmayada Silvia y se la llevó por una puerta lateral.

Al volver a la casa, Higinio ordenó:

—Manuel, pon a alguien a esperar en la entrada principal. Cuando Rubén regrese, denle una paliza. Que sea tan fuerte que necesite ser hospitalizado. No quiero verlo.

—Entendido —respondió Manuel.

Hacía tiempo que no soportaba a Rubén. Si no fuera porque era el padre del joven amo, él mismo habría mandado a que le dieran una paliza en secreto.

»Así que, por ahora, tendrás que aguantar un poco. Silvia nos está ayudando solo porque quiere usarnos contra Higinio. Durante estos tres meses, haz lo que te pida. Mientras sea para perjudicar a Higinio, no saldremos perdiendo.

Gabriela asintió.

—Entiendo, papá. He aguantado mucho tiempo fuera antes de volver con la familia Villar, puedo aguantar estos tres meses.

—Buena chica —dijo Rubén, satisfecho.

***

Después de dejar instalada a Gabriela, Rubén tomó un taxi de regreso a la mansión de la familia Villar.

No tenía otra opción; hasta el carro que solía conducir había sido confiscado por Higinio. Ahora tenía que moverse en taxi a todas partes.

Cuanto más lo pensaba, más humillado se sentía. ¡Ser maltratado de esa manera por su propio hijo!

¡En cuanto regresara, iba a insultar a Higinio para desahogarse!

Al llegar a la mansión y cruzar la puerta principal, dos guardaespaldas se interpusieron de repente en su camino.

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