—¿Qué hacen? ¡Quítense de mi camino ahora mismo! Hoy no estoy de humor, tengan cuidado o se las verán conmigo —gruñó Rubén, con el ceño fruncido y el rostro lleno de ira, amenazando a los dos guardaespaldas.
Pero los dos hombres permanecieron inmóviles, como dos torres de hierro, sin moverse ni un centímetro.
A pesar de que Rubén era un hombre alto y corpulento, su imponente presencia se veía opacada por la de los dos guardaespaldas frente a él.
¡Qué extraño!
Se suponía que él era el dueño de la casa, ¿cómo era posible que sus propios guardaespaldas lo intimidaran?
Los dos hombres no dijeron una palabra. Se miraron y, con una coordinación tácita, se repartieron el trabajo.
Cada uno lanzó un puñetazo simultáneo al rostro de Rubén, que, a pesar de la edad, aún conservaba su atractivo.
Tomado por sorpresa, Rubén se tambaleó y se cubrió la boca y la nariz con las manos.
—¡Se han vuelto locos! ¿Cómo se atreven a pegarme…?
Apenas comenzaba a maldecir cuando los dos guardaespaldas le propinaron otros dos puñetazos en la cara.
Esta vez, Rubén cayó de espaldas al suelo.
Luego, los dos hombres lo arrastraron a un rincón apartado fuera de la mansión.
Poco después, desde ese rincón comenzaron a oírse los sonidos de golpes y patadas, interrumpidos por gritos de dolor.
***
En el estudio de la familia Villar.
Higinio estaba jugando ajedrez con Enrique.
Enrique, con el ceño ligeramente fruncido, observaba el tablero, donde su posición era claramente desfavorable.
—¿Cómo te fue hoy con Doris?
Higinio sonrió levemente.
—Doris se apoderó de la familia Palma.
Al oír la noticia, Enrique asintió con una mirada de aprobación y, tras meditarlo, movió una de sus piezas blancas.
—Esa chica, Doris, es mucho más confiable que la familia de Julián. Si yo fuera Mauro, también preferiría entregarle la familia Palma a ella.

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