Rubén, con el rostro hinchado y amoratado, vio salir al patriarca del estudio e inmediatamente se quejó:
—Papá… Higinio es un malagradecido, ¡mandó a que me golpearan!
Sus palabras se interrumpieron al ver a Higinio salir detrás de Enrique.
—¿Ah, sí? Higi, ¿por qué le pegaste a tu padre? —preguntó Enrique con desinterés.
Higinio fingió estar afligido.
—Hoy, un viejo vidente me dijo que si mi padre entraba a la casa con el pie izquierdo, afectaría la suerte de la familia Villar por un buen tiempo. La única forma de romper el maleficio era dándole una buena paliza. Si mis hombres lo golpearon, debe ser porque entró con el pie izquierdo.
Los ojos hinchados de Rubén lo miraron con furia.
—¡Estás diciendo pura mierda…!
—¡Cállate! —le espetó Enrique, lanzándole una mirada gélida a Rubén, que usaba un palo como bastón—. Si es así, Higinio fue blando contigo. ¡Si quieres seguir vivo, vete al hospital por tu cuenta! ¡Y no vengas a hacer escándalo frente a mí! O no dudaré en enviarte a un manicomio para que te recuperes.
Rubén se quedó sin palabras, sin atreverse a seguir quejándose. Solo pudo ver, impotente, cómo el patriarca bajaba las escaleras.
Una vez que el anciano se fue, Rubén fulminó a Higinio con la mirada y dijo en voz baja:
—¡Un hijo que le pega a su padre! ¿No temes que te caiga un rayo?
Higinio miró el rostro amoratado y la pierna coja de Rubén, y ordenó:
—Manuel, haz que Gaspar, el psicólogo que Rubén me trajo del extranjero, venga a hablar con él para que se desahogue. No vaya a ser que se muera de un coraje.
—Entendido, joven amo —asintió Manuel.
Al oír esto, Rubén estalló de ira. Levantó el palo de madera que usaba como apoyo, dispuesto a golpear a Higinio en la cabeza.
—¡Higinio, hijo de tu…!
Pero apenas levantó el palo, perdió el equilibrio y cayó, rodando escaleras abajo hasta el primer piso.
Rubén sintió un mareo intenso. Después de un momento, abrió los ojos con dificultad y se tocó la cabeza, descubriendo que estaba sangrando.
Manuel activó el modo de descenso de la silla de ruedas y bajó las escaleras con Higinio.
—Estoy sangrando, me duele… Rápido, Higi, llama a alguien que me lleve al hospital.
Higinio simplemente bajó la vista hacia el desaliñado Rubén, tirado en el suelo, y lo ignoró, dirigiéndose directamente al comedor.
Rubén, temiendo morir allí mismo, se arrastró con todas sus fuerzas hacia el guardaespaldas que vigilaba la entrada.


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