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Mi Identidad Secreta: De Despreciada a Consentida romance Capítulo 441

Higinio levantó la mano para detener a su guardaespaldas.

Álvaro vio de reojo el cuchillo militar en la mano del guardaespaldas y, alzando la vista, preguntó con voz temblorosa:

—Hermano… no, señor Villar, si le cuento todo, ¿me dejará ir?

Los ojos de Higinio se oscurecieron.

—Veo que todavía no entiendes cuál es tu situación.

Dicho esto, volvió a asentir.

El guardaespaldas desplegó la navaja retráctil, y el brillo del metal destelló ante los ojos de Álvaro.

Un sudor frío perló la frente de Álvaro.

Al ver que el hombre del cuchillo se disponía a avanzar de nuevo, gritó a todo pulmón:

—¡Nuestro padre vendió a tu verdadero hermano!

Tras soltar la bomba, se desplomó en el suelo, sin atreverse siquiera a respirar ni a mirar a Higinio a los ojos.

Al oír aquello, la mano de Doris, que acariciaba a Verdín, se detuvo en seco. Instintivamente, miró a Higinio.

El rostro de Higinio se tornó gélido, aterrador.

Era la primera vez que Doris veía esa expresión en él; siempre había sido un hombre sereno y reservado. Aquello solo demostraba la magnitud de su ira en ese momento.

—Cuéntame con todo detalle lo que sepas —dijo Higinio. Su voz sonaba calmada, pero se tiñó de un matiz asesino.

Doris pudo percibirlo.

Y Álvaro, cuya vida pendía de un hilo, lo percibió con aún más claridad.

Tragó saliva y, con la mirada fija en el piso, comenzó a rebuscar en sus recuerdos.

—Señor Villar, ¡fui un estúpido! Jamás volveré a ambicionar el puesto de heredero. Me conformo con estar a su lado y servirle en lo que sea. Por favor, perdóneme la vida. Se lo ruego, si me deja vivir, haré lo que me pida sin dudarlo un segundo.

Doris observaba la expresión de Higinio. Debajo de la aparente calma de sus ojos oscuros, se desataba una auténtica tormenta, e incluso un leve tinte rojizo teñía su mirada.

Ese tono carmesí se fue extendiendo, añadiendo un aire de ferocidad a su rostro, normalmente distinguido y apacible.

La mano con la que sujetaba el reposabrazos de la silla de ruedas temblaba ligeramente; parecía a punto de hacerlo pedazos.

Doris se dio cuenta de que se estaba conteniendo, luchando por reprimir la tormenta de emociones que le provocaba enterarse del destino de su hermano por boca de un extraño.

Doris bajó la mirada por un instante. Podía comprender lo que sentía Higinio.

Era un sentimiento parecido al que ella experimentó cuando, después de anhelar encontrar a sus padres, descubrió que no la amaban como había imaginado.

***

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