—Ejem —carraspeó él al otro lado de la línea—. El salto de tema ha sido un poco brusco. Dori, si no estás aquí conmigo, decir esas cosas hará que la noche sea especialmente larga.
—Mi culpa —rió Doris de nuevo—. Si no aguantas, siempre puedes encargarte tú mismo.
—No. He esperado veintiséis años, puedo esperar dos meses más.
Doris se metió en la cama y se arropó.
—Higi, ¿sabes cantar?
—Algo así.
—Entonces, cántame para que me duerma.
—De acuerdo —hubo una pausa, y luego, comenzó a cantar suavemente—: Tengo un burrito sabanero que nunca monto yo, un día me fui con él a la feria…
***
El sábado a las diez de la mañana, después de haber dormido profundamente gracias a la desafinada canción de cuna de Higinio, Doris subió alegremente al carro que él había enviado a recogerla.
Se deslizó en el asiento trasero y se acercó a Higinio para sentarse a su lado, observándolo con atención.
El atractivo de Higinio era innegable: una nariz recta, ojos profundos y unos labios ligeramente curvados hacia arriba que acentuaban su belleza.
Él también la miraba, y con una ternura en la voz, le dijo:
—Dori, hoy estás especialmente guapa.
Doris también se había dado cuenta esa mañana al mirarse al espejo. En menos de un mes en Solara, su piel se había aclarado un par de tonos, y empezaba a tener el aire de una joven de la alta sociedad.
En realidad, siempre se había blanqueado con facilidad, pero en el pueblo, pasaba las tardes en la montaña recogiendo hierbas, y el sol volvía a oscurecer su piel tan pronto como se aclaraba.
Ahora, en Solara, no tenía muchas oportunidades de exponerse al sol.
—Y tú estás tan guapo como siempre, Higi —le devolvió la sonrisa—. No, más guapo.

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