—¡Ni se te ocurra, Carolina! ¿A poco no lo sabes? ¡No eres más que una bastarda! —gritó Eduardo, fuera de sí, y le soltó una bofetada con todas sus fuerzas—. ¡Yo soy estéril! Nunca se lo dije a Adelina, ¡pero de repente resultó que estaba embarazada! ¡A saber de qué infeliz te engendró!
Carolina se quedó paralizada, como si un rayo la hubiera partido en dos.
—Tu madre te cambió por la verdadera hija de la familia Palma para que tuvieras una vida de lujos, ¡y de paso para que yo no me enterara de que me estaba poniendo los cuernos! —Eduardo escupió al suelo y continuó—: Si no fuera porque todavía te podía sacar algo de provecho, ¡hace mucho que te habría retorcido el pescuezo, maldita bastarda! ¡Pero hoy voy a ver a qué sabe la hija que tuvo tu madre con otro!
A Carolina le castañeteaban los dientes del miedo. Luchaba con todas sus fuerzas, intentando liberarse de las garras de Eduardo.
Sin embargo, su fuerza era insignificante comparada con la de él, quien la sometió sin el menor esfuerzo.
—¡No creas que no me di cuenta de que una vez intentaste contratar a alguien para que se encargara de mí! —Una sonrisa gélida se dibujó en los labios de Eduardo—. Querías dejarme ciego y mudo para que nunca más pudiera ser una amenaza para ti, ¿verdad?
Carolina lo miró con los ojos desorbitados por el pánico. Jamás imaginó que él hubiera descubierto sus intenciones.
—Si en ese momento fingí no saber nada, fue porque todavía me servías para algo —continuó Eduardo—. ¡Cada mes me dabas doscientos mil pesos! ¡Y eso no es cualquier cosa! —Su voz rebosaba codicia y presunción.
Carolina temblaba de pies a cabeza.
—Déjame ir… —suplicó—. Todavía puedo conseguirte dinero. Véndeme al hombre que quieras, pero por favor, no me toques…
Su voz se quebró en un sollozo, teñida de desesperación e impotencia.
—¿Que todavía puedes conseguirme dinero? —Eduardo soltó una carcajada de desprecio—. ¿A poco crees que sigues siendo la niña prodigio de Solara, la heredera de la familia Palma? ¡Tienes la cara hecha un asco! ¿Qué ricachón va a querer a una basura inútil como tú?
Por más que Carolina se revolvía, la bestia inhumana que la aplastaba no tenía intención de soltarla.

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