Aquel rastro de sangre era de un rojo intenso, como una herida grotesca.
Incrédulo, Eduardo se llevó la mano a la frente. Al sentir el calor de la sangre fresca en sus dedos, su rostro palideció al instante.
Justo cuando se giraba para insultar a Carolina, recibió otro golpe en la cabeza.
Esta vez, el impacto fue mucho más violento que el primero. El cuerpo de Eduardo se tambaleó hacia adelante, a punto de colapsar.
Todo se volvió negro por un instante y un zumbido le taladró los oídos, como si el mundo entero girara a su alrededor.
Antes de que pudiera reaccionar, un tercer, cuarto y quinto golpe cayeron sobre su cabeza como una lluvia incesante.
Finalmente, todas sus fuerzas lo abandonaron y se desplomó en el suelo.
—¡Muérete, maldito infeliz!
Con una botella de cerveza vacía en la mano y los ojos inyectados en sangre, Carolina golpeaba con furia la cabeza del hombre.
—¡Un gusano como tú no merece vivir! ¡Muérete de una vez!
Carolina usó hasta la última gota de su energía para estrellar la botella contra el cuerpo de Eduardo, una y otra vez.
Incluso cuando el hombre ya yacía muerto en el suelo, ella no se detuvo. Se inclinó sobre el cadáver y siguió golpeando su cabeza con una furia demencial.
La sangre salpicó su cara, su ropa, el suelo, la mesita de centro y el sofá.
En poco tiempo, todo a su alrededor quedó teñido de un rojo carmesí.
Solo cuando se quedó sin fuerzas, la botella se le resbaló de las manos.
Carolina se dejó caer en el sofá, con la mirada perdida en el hombre que yacía en el suelo, cuya cabeza estaba tan destrozada que su rostro era irreconocible.
La calma la invadió por completo y comenzó a analizar la situación con rapidez.
Eduardo era un fantasma para el sistema, un moroso crónico que se la pasaba apostando. No tenía un círculo social normal; aparte de sus acreedores, nadie lo conocía.

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