Damián la observaba desde su pedestal, a sus pies, implorando ayuda.
—¿Dices que mataste a tu padre?
Desde que Eduardo le reveló que era una impostora, Carolina había aprendido a leer a las personas en la familia Palma. En ese momento, en la expresión de Damián, vislumbró un atisbo de esperanza para su supervivencia.
Asintió con vehemencia.
—Sí… maté a mi padre…
Tal como esperaba, al oírla, Damián se frotó el anillo que llevaba en el pulgar y dijo con una voz que helaba la sangre:
—Excelente. Necesito a alguien como tú, capaz de matar a su propio padre.
»Mis hombres se encargarán del cadáver, pero a cambio, harás un trabajo para mí. Es muy arriesgado, pero ya que tienes sangre en las manos, eres la persona ideal para ello.
Carolina no dudó ni un segundo.
—¡De acuerdo! —asintió de inmediato—. ¡Haré lo que sea con tal de que el señor Carrasco me salve!
El próximo año, en una isla secreta, se celebraría el banquete del «Jardín Secreto». Damián necesitaba un nuevo lote de mujeres jóvenes para que sirvieran como esclavas sexuales a los invitados y a los peces gordos que respaldaban a la familia Carrasco.
Ahora que la familia Carrasco estaba intentando limpiar su imagen, él no podía involucrarse directamente, así que tenía que hacerlo a través de terceros.
Carolina lo había perdido todo y estaba entre la espada y la pared. Encargarle que reclutara a un grupo de jovencitas para probar un nuevo afrodisíaco era la solución perfecta.
Si algo salía mal, podría culpar a Carolina y a Julián, quien pretendía aliarse con él. De paso, arrastraría a la Farmacéutica Palma por el lodo, atribuyéndoles el desarrollo del fármaco.
—Carolina —dijo Damián—, si haces bien el trabajo que te encomiendo, te daré la oportunidad de acabar con Doris con tus propias manos.
Al oír eso, un brillo de esperanza iluminó los ojos apagados de Carolina. ¡La oportunidad de vengarse de Doris! ¡Era perfecto!
—¡Señor Carrasco, haré todo lo que me pida!
Damián se dio la vuelta y le ordenó a su asistente:
—Que lleven a Carolina al hospital para que le arreglen la cara y que alguien se encargue del cadáver que está adentro.
—Entendido —asintió el asistente.
—¡Ah! —Carolina se dobló de dolor en el suelo, abrazándose el estómago.
—Si quieres seguir viva trabajando para mí, aprende a callarte la boca —le advirtió Damián antes de bajar las escaleras a grandes zancadas.
Ya en el carro, el asistente preguntó con cautela:
—Señor, ¿quiere que vayamos a pedirle una explicación a la señorita Ariana?
Damián miró por la ventana con una expresión indescifrable.
—No es necesario. Si no sabe ser obediente y prefiere desafiarme, la enviaré junto con Doris como esclava sexual.
Al oír esto, los ojos del asistente se abrieron un poco más. Movió los labios como si fuera a decir algo, pero al final guardó silencio y se limitó a conducir para salir de aquel viejo barrio.
De rodillas en el suelo, Carolina observaba cómo el carro de lujo se alejaba, apretando los puños con fuerza.
«Ni Higinio ni Damián, ¡ninguno de los dos me toma en serio!».

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