«No importa. Mientras siga viva, tendré la oportunidad de hacer que todos estos ciegos se arrepientan de haberme ignorado».
***
El lunes por la mañana, Doris se despertó en su cama de ensueño de color rosa.
Se estiró perezosamente y, antes de que pudiera poner un pie en el suelo, las cortinas automáticas se abrieron solas.
Era obra de Verdín.
Después de accionar el control remoto de la mesita de noche, Verdín se deslizó hasta el lado de Doris y frotó su cabeza contra el dorso de su mano.
—Buenos días, Verdín —dijo Doris, acariciándole la cabecita antes de levantarse. Sacó del armario un poco de comida liofilizada para Verdín, Blanquito y Negrito.
*Toc, toc, toc.*
—Doris, ¿ya te levantaste? —se oyó la voz de Tatiana desde el otro lado de la puerta.
Doris se sacudió el polvo de las manos y fue a abrir.
—Doris, aquí está tu ropa para la semana. La escogí según tus medidas y ya está limpia —dijo Tatiana, entrando en la habitación con un montón de ropa en los brazos. La dejó sobre la cama.
—Mamá, eres un sol. No tenías que molestarte en escogerme ropa cada semana. ¡Un besito! —dijo Doris, acercando sus labios.
Tatiana le detuvo la cara con una mano.
—No seas payasa, seguro ni te has lavado los dientes.
Doris fingió estar ofendida.
—Me estás despreciando. Bueno, entonces te daré un beso después de cepillarme.
Tatiana cambió de tema.
—Tu cumpleaños se acerca y, después de lo que pasó la última vez con el vestido, estaba pensando en diseñarte algo yo misma. ¿Qué te parece?

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