Las mejillas de Tatiana se encendieron como manzanas maduras.
—Pues que tu padre me dijo que no quería el dinero del premio —confesó, algo avergonzada—. Que lo único que quería era que, si ganaba el primer lugar, yo fuera su novia.
Doris la miró con los ojos como platos.
—¡¿Qué?! ¡¿Papá era así de directo?! ¡Cualquier otra chica habría pensado que era un patán!
Tatiana asintió levemente.
—Sí… la verdad es que sus palabras me tomaron por sorpresa.
—Y entonces, ¿lo rechazaste? —preguntó Doris, impaciente.
Una sombra de vergüenza cruzó el rostro de Tatiana.
—No… no lo rechacé —admitió—. La verdad es que él también me gustaba un poco. Aunque se vistiera fatal en la escuela, me di cuenta de que era muy guapo. Pensé que si se arreglaba un poco, podría ser el chico más popular sin ningún problema.
—¡Ajá! ¡Así que tú también te fijas en el físico, mamá! —exclamó Doris, como si hubiera descubierto un gran secreto.
Tatiana no lo negó.
—Si se puede elegir, ¿quién no querría salir con alguien guapo?
De repente, a Doris se le ocurrió algo.
—Espera un momento… Si papá te propuso eso, significa que… ¡ya te había echado el ojo desde antes!
—Después de casarnos, le pregunté por qué me había hecho esa propuesta, y me confesó que ya me conocía y que yo le gustaba. Nunca se imaginó que yo me acercaría a él por mi cuenta —dijo Tatiana, cada vez más sonrojada. Sus manos, nerviosas, alisaban una y otra vez la ropa que le había traído a Doris, casi arrugándola de nuevo.
¡No puede ser!

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